La farolera
DIEGO M. FERRERO
La
Farolera era una mujer sencilla, de contextura mediana, bellos ojos ambarinos y
pelo rubio ensortijado, que todas las tardecitas pasaba caminando por el frente
de la entrada principal al destacamento del Cuartel General del Ejército. Esta
joven muchacha, desde su más tierna adolescencia sufría de un mal, que si bien
menor, no dejaba de atormentarla en todo momento. Era astigmática y para peor,
con una acuciante timidez que le impedía usar anteojos, por lo cual su vida
permanecía sumergida en los pocos recomendables terrenos de las nebulosas. Y
fue por este último motivo, que una tarde cualquiera mientras pasaba como
siempre por la vereda del Cuartel, giró la cabeza descubriendo en el patio del
mismo, a un hombre de imponente gallardía. Trató de entrecerrar los ojos
esforzándose para ver mejor, y notó entonces que este hombre, un Coronel para
ser más exactos, también la estaba observando. Allí fue cuando tropezó con
una imperfección del piso, pero qué importaba este pequeño accidente frente a
quien sería quizás el amor de su vida. La Farolera retomó inmediatamente la
compostura y volvió a contemplar al hombre de sus sueños. Y lo notable fue que
él continuaba mirándola y, por qué no, esperándola, con ternura y frenesí.
Pero
antes de continuar con la historia, me gustaría hacer una pequeña acotación
con respecto al problema visual de la protagonista. Seguramente, más de un
avispado lector al internarse en estas líneas se habrá preguntado:
- Y entonces, mi estimado amigo
escritor, dígame usted con esa genialidad que siempre le ha caracterizado, cuál
fue la razón para que la Farolera no usase lentes
de contacto.
Antes que nada, quisiera agradecer al amable lector sus palabras para con mi
persona.
- No es nada... además, yo siempre lo
he admirado.
¿Ah sí?
- Sí, sí. Su originalidad no tiene
parangones, que quiere que le diga... ¿me permite que lo invite a cenar?.
Oh, caramba... bueno... no sé... je, je, je. Así tan de repente... no se si
debería...
- Mi esposa cocina muy bien.
Ehh... bueno... en ese caso... aceptaré la invitación.
- ¿Cuándo está libre?
A ver... espere que me fijo en la agenda... mmmmmm... ¿qué tal esta noche a
las 9?
- Sí, puede ser... no tengo ningún
compromiso esta noche.
¿Puede ir mi señora también?
- Seguro. Nos sentiremos muy halagados
con vuestra presencia.
Bien, entonces nos vemos esta noche. Ahora si me permite, voy a continuar con el
relato.
- Haga, haga nomás... pero va a
venir, ¿no?
Ya le dije que sí... ¿Alguna otra pregunta?
- No, porque no quisiera que me
prometiera una cosa nada más que para quedar bien y después no cumpla.
¿Alguna otra pregunta?
- ¿Le gusta el pollo?
Sí. Y no deseo ser descortés, así que le pido por respeto a los demás
lectores, dejar esta conversación privada y continuar con el relato. ¿Puede
ser?
- Okey.
Aclararé entonces, por qué la Farolera no usaba lentes de contacto.
- A las nueve, ¿no?
Bien. Prosigamos. Decía que la Farolera no usaba anteojos debido a su timidez.
- Ud. dijo que a ella le avergonzaba
terriblemente usar anteojos.
¡¡Es lo mismo!!
- Qué carácter...
¡¡¡Silencio!!!
- ...
¡¡Prosigamos!!... eh... perdón... prosigamos. A ella le avergonzaba usar
anteojos y no podía adoptar lentes de contacto debido a su precio inaccesible,
pues la Farolera era una desocupada desde el momento en que automatizaron todos
los sistemas de iluminación. Cierto es que le ofrecieron un puestito
administrativo en la empresa proveedora de energía eléctrica, pero su corazón
desbordante de grandeza no pudo aceptarlo. El trabajo de oficinista no era para
ella.
Teniendo en
cuenta esta disminución en su agudeza visual, no es difícil imaginarse
tropezar a la pobre en un desperfecto del piso. Más aún, si incluimos la
presencia de un apuesto Coronel en el patio del Cuartel.
Como ya
dijimos, la Farolera se enamoró perdidamente de aquel uniformado. Y era
natural... el joven Coronel medía un metro noventa, era robusto y musculoso,
poseedor de un estado físico envidiable. Y por lo poco que alcanzó a divisar
desde la entrada, no dudó en imaginárselo valiente y varonil; pasando a formar
parte de su vida desde ese preciso instante. La Farolera sintió que el Coronel
ya se había convertido en una presencia irremplazable.
Así fue
como ella, enloquecida de amor, con el rostro desencajado y a viva voz no pudo
evitar gritarle al centinela de turno: "¡Alcen la barrera, para que pase
la Farolera de la puerta al sol!".
El joven
conscripto que en esos momentos se encontraba de guardia, salió disparado de su
garita saltando y entonando melodías infantiles, mientras intentaba hacer una
ronda con el Almirante en Jefe, que en ese preciso momento se hallaba
condecorando a un Héroe de Guerra No Fallecido.
Pero por más
que esperó en la entrada principal del Cuartel, la Farolera no obtuvo respuesta
del guardia, ya que después de aquella demostración de sus cualidades
interpretativas, el joven fue esposado y llevado entre cuatro subalternos para
cumplir los seis meses de condena estipulados, en un calabozo sin luz ni
ventilación.
Pero no
crean que este pequeño incordio neutralizó la férrea voluntad de nuestra heroína.
Todo lo contrario. Ella volvió a demostrar que el amor todo lo puede, aferrándose
a las rejas del portón, sacudiendo impetuosamente su cuerpecito, a la vez que
volatilizaba pequeñisimas gotas de saliva profiriendo toda clase de vocablos
inapropiados.
Tres
soldados vinieron a detenerla, más ella logró zafarse apenas abrieron el portón,
e ingresó corriendo desaforada hacia los brazos del Coronel que la esperaba en
mitad del patio. Apenas un par de metros antes, la Farolera cerró los ojos para
sentir. Nada más que para sentir aquel primer abrazo de enamorados que ya nunca
podría olvidar. Él, la esperaba. Ella apresuró aun más la carrera. Él
continuaba donde siempre. Ella estampó la totalidad de su persona en la pétrea
realidad del bronce, destrozando por completo su tabique nasal contra la
portentosa estatua del Coronel Anselmo Bigarrena, muerto en combate.
Apenas
comprobado el lamentable equívoco, la joven pidió tímidamente disculpas y se
marchó algo confundida siendo escoltada unos doscientos metros por el retumbar
de las carcajadas de los soldados.
Entonces
fue cuando se dijo: "Basta".
Para luego
esclarecer su decisión agregando: "Basta de miedos estúpidos que no
conducen a nada bueno. Me compraré hoy mismo esos anteojos". (sic)
Y eso habría
hecho, si antes de solicitar un turno al oculista no se hubiese tocado el rostro
comprobando que a partir de aquel momento le sería imposible sostener
absolutamente nada, ya que por el terrible golpe recibido su antigua
protuberancia nasal había desaparecido por completo.
¿Le gustó
mi querido lector avispado?
- Más o menos... ¿y que pasó con la
Farolera?... ¿se volvió a enamorar?
Hay demasiadas versiones sobre el destino de la Farolera. En realidad, no me
atreví a escribir ninguna para evitar serle infiel a la realidad histórica del
relato.
- No sé... hay algo que no me
convence. No sé... creo que no lo invitaré a cenar.
Como que no me... Si... si quiere se lo cambio. A ver... si le gusta más le
digo que el Coronel existía y que vivieron felices para siempre. ¿Así le
gusta?... Me... ¿me invita a cenar ahora?
- No sé...
Tengo hambre.
- Mire. Se lo voy a decir de una vez.
Trataba de ser amable, pero se ve que con usted es imposible. Ya no quiero
seguir hablando.
Pero...
- ¡Pero nada! Me tiene podrido con
esas rayitas que me pone ante cada acotación mía y encima en otro tipo de
letra. ¿Por qué estos caracteres asquerosos únicamente para mí?. Es racista
usted, ¿o qué?. Odio esta letra de afeminado. Yo jamás escribo así, no es mi
estilo. ¡Voy a denunciarlo!. ¡Ya no la soporto!. Y ni se le ocurra venir esta
noche. ¡¡Váyase a comer a otra parte!!
Pero...
- ¡¡SILENCIO!!... No me gusta nada
de lo que escribe. En realidad, únicamente leo algo de sus estupideces cuando
voy al baño y me olvido de comprar el diario. Y ahora, me despido de Ud. para
siempre. Voy a llevar este libro al sitio desde donde nunca debió haber salido
y que por naturaleza le corresponde. ¡El tacho de la basura!. ¡¡ADIOS!!
Espere... ¡Señor... ehhh... phsttt... señor...!
¡Lo cerró nomás!. ¿Viste lo que hizo? ¡Me cerró el libro en la cara!
- Y también, querido... Podrías haberle dado el gusto, ¿no?...
El primer lector que nos invita a comer y vos empecinado en esos finales de
porquería.
Pero yo le dije que si le gustaba otro podría
cambiárselo...
- ¡Tarde! ¡Tarde, como siempre! ¡Ah...será posible! Pero quién
me habrá mandado a casarme contigo, ¡quién!. Y ahora dime... No, no agaches
la cabeza que con eso no solucionas nada. Dime... dime lo que vamos a cenar,
porque lo que es yo plata para comida no tengo. A ver, dime genio incomprendido
de la literatura, deslumbrante fabulador de sueños, ¡admirable pelagatos de
pacotilla! , ¡dime lo que vamos a comer ahora!
Mierda.
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