HANS SCHNIER
Al
pasar la curva resulta que la carretera se empieza a empinar un poco. Subo un
par de piñones para no agobiarme demasiado, y sigo mirando la línea continua
del arcén para no perder la referencia. Es agosto y estamos cruzando Castilla.
Evidentemente, hace mucho calor.
Hoy hemos tenido que parar ya tres veces y todavía no ha llegado la hora de la
comida. La primera fue para esperar a Isabel, que no se encontraba muy bien del
estómago y se quedaba cada vez más lejos. La pausa le vino bien pero al rato
fue Alberto el que levantó la mano al pasar por un merendero y estuvimos
bebiendo un poco de agua para refrescarnos. Serían como las 10,30 o por ahí y
el sol empezaba a hacerlo todo insoportable. Cuando María se levantó para
volver a su bicicleta le dije que tenía que hablar con ella y rocé su mano con
la mía. Ella no dijo nada, sólo movió un poco la cabeza en un signo que no sé
todavía cómo interpretar, cogió la mochila y se la puso otra vez en los
hombros con un gesto de cansancio. “Si quieres te llevo algo, pesa mucho para
ti”, le dije, por intentar suavizar un poco las cosas, pero siguió callada y
malhumorada hacia donde ya estaban Alberto e Iván discutiendo mapa en mano qué
camino seguir.
Todavía paramos una tercera vez, hace unos diez minutos, porque María
se mareó y, al instante, Iván decidió que paráramos, y nos apartáramos un
poco hacia la cuneta, cerca de un pequeño prado en el que María se tumbó
mientras Isabel le cogía las piernas y se las mantenía hacia arriba. La sombra
le permitía abrir sus enormes ojos azules mientras Iván la miraba como yo la
hubiera mirado hace tres años. Como la hubiera mirado siempre si las cosas no
las hubiera hecho tan mal. Alberto le dejó una gorra para taparle la cabeza y
María decidió continuar “por lo menos un ratillo, hasta que lleguemos al
siguiente pueblo”. Entonces volvimos a la formación que teníamos decidida
desde que salimos: Iván delante para avisar, Isabel, yo, María y Alberto. En
un principio, María iba a ir delante de mí pero ella no quiso, “prefiero ir
entre dos chicos, me siento más segura” y sonrió tímidamente mientras
miraba hacia abajo. Era un miércoles de la semana pasada y hacíamos los planes
para el viaje.
La primera vez que hablamos sobre ello me respondió que era una locura,
que íbamos a acabar muertos, pero poco a poco se fue animando con la idea, e
iba ella misma haciendo los planes. “Pero no podemos ir solos”. Yo entendía
por qué pero me fastidiaba.”¿Por qué no?” le dije, ”nuestro primer
viaje juntos”. Pero María no quería que la gente dijera, y total ahora podría
ser... pero no, no quería que la gente dijera y menos que Begoña se enterara.
A pesar de que en todo esto María siempre ha estado delante de Begoña.
Desde el principio. Desde que nos hicimos amigos en la Universidad y poco a poco
fuimos descubriendo a todos los demás. Cuando nos íbamos juntos al Retiro
después de las clases de la mañana y nos empezamos a conocer. No sólo
nosotros dos, sino todo el grupo: Alberto, Isabel, Antonio, Lucía, Sara, y, el
año siguiente, Iván. En una fiesta María invitó a su grupo de amigas y una
de ellas era Begoña. El caso es que en esa fiesta empezó todo y aunque ya
entonces yo no tenía bien claro lo que quería, o a quién quería, pues
empezamos a quedar Begoña y yo solos, y a conocernos más, y poco a poco nos
fuimos haciendo novios, algo más novios, diría yo, de lo que yo había
previsto y de lo que hubiera deseado. Pero María siempre estaba ahí. Cada mañana.
Al empezar la clase de primera hora sentada con Isabel en la primera fila. A
veces escuchando al profesor, a veces no. Estaba ahí en la cafetería cuando me
contaba sus historias- ella también tenía una historia, claro, y se llamaba
Jorge, un tío que la sacaba como cinco años y que nunca llegamos a conocer
bien porque era actor y uno nunca llega a conocer bien a un actor- y yo me
limitaba a escucharla y a no decir nada, a darle la razón sin querer meterme
demasiado pero dándome cuenta y creo que ella también dándose cuenta hasta
que un día pasó lo que tenía que pasar y a ninguno de los dos nos sorprendió
demasiado.
Pero
María pensaba que era mejor disfrazarlo todo, como había sido siempre,
disfrazarlo y decírselo a los de clase “ y así nos vamos todos, bueno todos
no, pero seguro que tres o cuatro sí que se animan, y entonces la cosa queda
como una excursión de la universidad y yo me siento menos violenta”. Eso fue
hace un mes y las cosas han cambiado tanto que me resulta increíble incluso que
podamos estar aquí juntos, aunque sea con unos metros de asfalto recalentado
entre nosotros.
La carretera se empina un poco más, así que directamente bajo al plato
pequeño e intento ajustar la respiración al esfuerzo, pero no lo consigo. No
porque esté cansado, sino porque estoy muy nervioso y este calor no me deja
pensar. Miento. No me deja dejar de pensar. Procuro fijarme en la rueda de
Isabel para relajarme pero a los cien metros de cuesta Isabel se deja caer un
poco hacia atrás del grupo y yo ocupo su lugar unos cinco metros detrás de Iván,
que mantiene su ritmo fijo, sentado, como si nada, demostrándonos a todos lo
hombretón que es, sí señor. Gran tipo este Iván que se está intentando
ligar a la chica de mi vida, que la abraza por las noches cuando dormimos al
raso y ella dice que tiene miedo, que la sonríe y la besa en la mejilla cada mañana
cuando se levanta, mientras ella devuelve su sonrisa de una manera que pretende
ser inocente pero no lo es. Una de las cosas que más me desarma de toda esta
historia es descubrir la facilidad de María para sonreír a otros chicos como
me sonreía a mí en los mejores momentos. Una sonrisa que yo entendía como única,
personal, que establecía un vínculo irrompible entre nosotros.
Llega otra curva pero la cuesta no acaba, al contrario, se endurece. El
calor pega las ruedas al suelo. El sol me llena de sudor la cara y poco a poco
el resto del cuerpo. Me da la sensación de que no puedo seguir el ritmo de Iván,
que empieza a ser absurdamente elevado, pero me pongo de pie en la bici y me
acerco algo a él, separándome definitivamente de Isabel, María y Alberto. No
conozco estas carreteras para nada, pero no me imaginaba una cuesta así, desde
luego. Cojo el bidón y bebo un poquito, pero escupo el agua enseguida porque
está recalentada ya de cuatro horas sobre la bici. Iván mira hacia atrás,
parece orgulloso el muy cabrón. Sigue apretando, pero bueno, no nos pongamos
nerviosos, al fin y al cabo todo lo que sube, baja, y ya recuperaré más tarde.
No le dejes escapar, Miguel, no le dejes escapar, y me pongo de pie en la bici
subiendo otro piñón y acercándome poco a poco a él. Mirando fijamente su
rueda como hago siempre, sin que exista nada más.
En la siguiente curva parece que se acaba la cuesta.¡ Aguanta Miguel,
dale una lección! María tiene que estar viéndonos. Aunque sea de lejos, tiene
que estar viéndolo y no le puede dar igual. Cuatro metros, tres, dos, Iván se
pone de pie, acelera. Desde lejos se oyen los gritos de Alberto,”parad tíos,
¿dónde vais?”, pero no es el momento, hay que darlo todo. Estoy casi
esprintando para ponerme a la altura de Iván pero él tampoco cede. Un coche
pasa a nuestro lado y nos pita porque casi invadimos su carril. Me da igual.
Cojo la estela del coche y me pongo delante de Iván. No queda nada, cincuenta
metros y llega la bajada, veinticinco, diez, le voy a dar una lección... el
coche frena, y supero a los dos, satisfecho, volando por el aire antes de caer
en la cuneta. Por delante de todos. Esta noche María sólo hablará de mí.
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