La mascota de Don Clemencio

RAFAEL AGUIRRE

 

    Cuando no pasa nada y todo sigue igual por mucho tiempo, hasta la muerte se hace novedad circense.

A picotazos, Testa Roja dejaba calvo el hueso que su amo le pasaba cada día. Luego se posaba en el único elemento de su medio natural: una raíz instalada en un rincón del patio, acicalaba el plumaje con su pico curvo y miraba a sus congéneres volar en el pedazo de cielo que había sobre su cresta. El pajarraco jamás atendió el llamado de la selva, como si supiera de las bondades de la domesticidad y su función de lucir para poder comer.

 

Don Clemencio había sobrevivido a dos ataques cardiacos. Su salud se había estabilizado con las prescripciones de la medicina alternativa: hierbas, masajes, aire libre, meditación trascendental, algo de yoga, tranquilidad, lecturas suaves, caminatas matutinas, dietas especiales –cuidarse de las harinas, los azúcares y la grasa de origen animal--, no fumar, no trasnochar, nada de alcohol... A veces lo exasperaban los dictámenes para una existencia morigerada y por ello le respondió a su médico de cabecera: “pura mierda; los consejos para vivir más trastornan mi felicidad”.

 

“Sería bueno que se hiciera al cariño de una mascota –le dijo una vez el cardiólogo--. Los perros de buen abolengo, un ovejero inglés, por ejemplo, son especiales como compañía para personas solas. También la acuariofilia suele tener beneficios relajantes: Poner en la sala de la casa un acuario con peces de colores es como pintar un cuadro vivo. Es algo que atrae la mirada, invita a la ensoñación, es un excelente relax, reduce la tensión arterial y favorece la decoración del hogar; en definitiva, es un hobby sin par”.

 

Una calavera humana es como una sonrisa sarcástica y escombros de una carcajada.

 

Había soñado con una mascota en casa, pero siempre tuvo para cada animal un reproche. Sostenía que los perros son demasiado exigentes y su manutención onerosa en tiempo y espacio. En cambio los gatos no exigen tanto, pero los envuelve un aire agorero que los hace insoportables para una persona sola. De los pájaros decía que verlos enjaulados lo deprimían. Tal vez podría volverse acuariófilo, pero había leído en un manual sobre acuarios la necesidad de conocimientos de biología, química y hasta física, concluyendo que eran demasiadas complicaciones para su edad.

 

A la postre, aceptó tener una mascota en casa, pero como siempre fue amigo de lo diferente y le encantaba contrariar los convencionalismos, se hizo al cariño de un pichón de ave rapaz que le vendió un guajiro quien, sin argumentos científicos, le garantizó que se trataba de un cruce entre rey de los gallinazos y zopilote común. Con paciencia lo cuidó hasta verlo crecer como un pajarraco un tanto mayor que un gallinazo, su cabeza era calva y roja hasta la base del pico, y tan arrugada como si le sobrara cantidad de pellejo. Ostentaba en sus alas algunas plumas blancas que desplegadas y en contraste con su color oscuro, parecían dedos rampantes. Un asomo de cresta con manchas azules y un incipiente collar blancuzco, daban pie para pensar que se trataba de un fenómeno genético de la especie.

 

Por el aspecto del animal, le había puesto el nombre de Testa Roja y cuando lo llamaba: “Testa Roja, ven acá”, el carroñero le obedecía y se paraba a sus pies. 

 

Una mirada hueca no ve ni hacia adentro ni hacia fuera, simplemente es una mirada hueca.

 

Testa roja no voló más allá del solar de la casa de su amo. A veces se posaba en los techos vecinos, pero siempre regresaba a su raíz donde dormía y esperaba su ración de carne. En el barrio se habían acostumbrado a su presencia y era casi una institución. Algunas señoras le decían simplemente: “El Gallinazo de don Clemencio”.

Algunas tardes, don Clemencio seleccionaba un libro de su biblioteca, salía al patio, ponía una silla bajo el limonar y se daba a la tarea de leer. De párrafo en párrafo o de página en página lanzaba miradas a su rapaz mascota. Era como su apoyo intelectual para pensar, entonces filosofaba sobre lo divino y lo humano. Leer los cuentos de Ambrose Bierce o la obra de Allan Poe al pie de aquel buitre domesticado, le resultaba una experiencia digna de su edad avanzada.

 

Se le dice órbita al cuenco que sostiene al ojo como también a la trayectoria que recorre un cuerpo alrededor de la tierra cuando es sometido a la atracción gravitatoria de ésta.

 

Si alguien llegara al barrio y preguntara por lo más particular, todos señalarían al gallinazo de don Clemencio; lo demás, era tediosamente normal: el carro lechero y el repartidor de periódicos llegando a la misma hora; las mismas señoras chismosas sin imaginación para una conseja trascendental; el loquito del barrio vagando por las calles; el señor de la tienda y sus consejos sobre la vida cara; don Sebastián el zapatero con su eterno martillar.

Todo era común y corriente hasta ese día en que alguien afirmó que de la casa de don Clemencio salía un cierto aire pestilente. Una vecina dijo no haberlo visto desde hacía tres días. Otra aseguró que desde temprano volaban gallinazos en círculo sobre el barrio. Alguien más expresó haber sentido ruidos extraños durante la noche. Fue entonces cuando los vecinos decidieron tocar a su puerta y al no responder nadie, llamaron a don Lucrecio el carnicero quien la forzó para entrar a investigar y ¡oh espectáculo del divino asombro!  El hombre yacía boca arriba en el zaguán que daba al patio. En vez de ojos, un par de cuencas parecían mirar la nada. Testa Roja, con su pico curvo de guadaña, también había desinflado el templado vientre de su amo, poniendo al descubierto sus vísceras color pardo y liberando una tufarada nauseabunda de cadaverina.

   --Yo se lo había advertido a don Clemencio: cría cuervos y te sacarán los ojos   --expresó una vecina de delantal amarillo.

   --No señora, eso no es así  --manifestó Carlos el estudiante universitario--.  El animal simplemente obedece a su instinto de limpiar el mundo de carroña.  A Don Clemencio se lo llevó su infarto.

Pero en ese ambiente saturado de la hora llegada, la explicación del estudiante universitario no sirvió para evitar que don Amariles apareciera con una escopeta en la mano. Alguien, intuyendo sus intenciones, expresó:

   --Debemos dejarlo como mascota del barrio.

   --Ni riesgos. Con mascotas así nadie podría vivir ni morir tranquilo –replicó don Amariles, y de un disparo dio punto final al cuento de Testa Roja.

 

® Rafael Aguirre rafasoragui@hotmail.com


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