
Hay
un libro titulado El florecimiento de la nueva Inglaterra, de Van Wyck Books.
Este libro trata de un hecho extraordinario que sólo la astrología puede
explicar: el florecimiento de hombres-genios, en una breve parte de Estados
Unidos, durante la primera mitad del siglo XIX. Prefiero, evidentemente, a este New
England que tiene tanto de Old England.
Sería fácil hacer una lista infinita de nombres. Podríamos nombrar a Emily
Dickinson, Herman Melville, Thoreau, Emerson, William James, Henry James y,
desde luego, a Edgar Allan Poe, que inventó el género; pero antes de hablar
del género conviene discutir un pequeño problema previo: ¿existen, o no, los
géneros literarios?
Es
sabido que Croce, en unas páginas de su Estética
–su formidable Estética-,
dice: “Afirmar que un libro es una
novela, una alegoría o un tratado de estética tiene, más o menos, el mismo
valor que decir que tiene las tapas amarillas y que podemos encontrarlo en el
tercer anaquel a la izquierda”. Es decir, se niegan los géneros y se
afirman los individuos. A esto cabría decir que, desde luego, aunque todos los
individuos son reales, precisarlos es generalizarlos. Desde luego, esta afirmación
mía es una generalización y no debe ser permitida.
Pensar
es generalizar y necesitamos esos útiles arquetípicos platónicos para poder
afirmar algo. Entonces, ¿por qué no afirmar que hay géneros literarios? Yo
agregaría una observación personal: los géneros literarios dependen, quizás,
menos de los textos que del modo en que éstos son leídos. El hecho estético
requiere la conjunción del lector y del texto y sólo entonces existe. Es
absurdo suponer que un volumen sea mucho más que un volumen. Empieza a existir
cuando un lector lo abre. Entonces existe el fenómeno estético, que puede
parecerse al momento en el cual el libro fue engendrado.
Hay
un tipo de lector actual, el lector de ficciones policiales. Ese lector ha sido
–ese lector se encuentra en todos los países del mundo y se cuenta por
millones- engendrado por Edgar Allan Poe. Vamos a suponer que no existe ese
lector, o supongamos algo quizá más interesante; que se trata de una persona
muy lejana de nosotros. Puede ser un persa, un malayo, un rústico, un niño,
una persona a quien le dicen que el Quijote es una novela policial; vamos a
suponer que ese hipotético personaje haya leído novelas policiales y empiece a
leer el Quijote. Entonces, ¿qué lee?
“En
un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, no hace mucho tiempo
vivía un hidalgo…” y ya ese lector está lleno de sospechas, porque el
lector de novelas policiales es un lector que lee con incredulidad, con
suspicacias, una suspicacia especial.
Por
ejemplo, si lee: “En un lugar de la
Mancha…,” desde luego supone que aquello no sucedió en la Mancha.
Luego: “…de cuyo nombre no quiero
acordarme…,” ¿por qué no quiso acordarse Cervantes? Porque sin duda
Cervantes era el asesino, el culpable. Luego… “no hace mucho tiempo…” posiblemente lo que suceda no será
tan aterrador como el futuro.
La
novela policial ha creado un tipo especial de lector. Eso suele olvidarse cuando
se juzga la obra de Poe; porque si Poe creó el relato policial, creó después
el tipo de lector de ficciones policiales. Para entender el relato policial
debemos tener en cuenta el contexto general de la vida de Poe. Yo creo que Poe
fue un extraordinario poeta romántico y fue más extraordinario en el conjunto
de su obra, en nuestra memoria de su obra, que en una de las páginas de su
obra. Es más extraordinario en prosa que en verso. En el verso de Poe ¿qué
tenemos? Tenemos aquello que justificó lo que Emerson dijo de él: lo llamó the
jingleman; el hombre del rentintín, el hombre del sonsonete. Tenemos a un
Tennyson muy menor, aunque quedan líneas memorables. Poe fue un proyector de
sombras múltiples. ¿Cuántas cosas surgen de Poe?
Podría
decirse que hay dos hombres sin los cuales la literatura actual no sería lo que
es; esos dos hombres son americanos y del siglo pasado: Walt Whitman –de él
deriva lo que denominamos poesía civil, deriva Neruda, derivan tantas cosas,
buenas o malas-; y Edgar Allan Poe, de quien deriva el simbolismo de Baudelaire,
que fue discípulo suyo y le rezaba todas las noches. Derivan dos hechos que
parecen muy lejanos y que sin embargo no lo son; son hechos afines. Deriva la
idea de la literatura como un hecho intelectual y el relato policial. El primero
–considerar la literatura como una operación de la mente, no del espíritu-
es muy importante. El otro es mínimo, a pesar de haber inspirado a grandes
escritores (pensamos en Stevenson, Dickens, Chesterton –el mejor heredero de
Poe-). Esta literatura puede parecer subalterna y de hecho está declinando;
actualmente ha sido superada o reemplazada por la ficción científica, que
también tiene en Poe a uno de sus posibles padres.
Volvemos
al comienzo, a la idea de que la poesía es una creación de la mente. Esto se
opone a toda la tradición anterior, donde la poesía era una operación del espíritu.
Tenemos el hecho extraordinario de la Biblia, una serie de textos de distintos
autores, de distintas épocas, de muy distinto tema, pero todos atribuidos a un
personaje invisible: el Espíritu Santo. Se supone que el Espíritu Santo, la
divinidad o una inteligencia infinita dicta diversas obras a diversos amanuenses
en diversos países y en diversas épocas. Estas obras son, por ejemplo, el diálogo
metafísico, el libro de Job, la historia, el libro de los Reyes, la teogonía,
el Génesis y luego las anunciaciones de los profetas. Todas esas obras son
distintas y las leemos como si una sola persona las hubiera escrito.
Quizá,
si somos panteístas, no hay que tomar demasiado en serio el hecho de que ahora
seamos individuos diferentes: somos diferentes órganos de la divinidad
continua. Es decir, el Espíritu Santo ha escrito todos los libros y también
lee todos los libros, ya que está, en diverso grado, en cada uno de nosotros.
Ahora
bien: Poe fue un hombre que llevó una vida desventurada, según se sabe. Murió
a los cuarenta años, estaba entregado al alcohol, entregado a la melancolía y
a la neurosis. No tenemos por qué entrar en los detalles de la neurosis; bástenos
con saber que Poe fue un hombre muy desdichado y que se movió predestinado a la
desventura. Para librarse de ella dio en fulgurar y, acaso, en exagerar sus
virtudes intelectuales. Poe se consideraba un gran poeta romántico, un genial
poeta romántico, sobre todo cuando no escribía en verso, sobre todo cuando
escribía una prosa, por ejemplo, cuando escribió el relato de Arthur
Gordon Pynn. Tenemos el primer nombre sajón: Arthur, Edgar el segundo escocés: Allan, Gordon y, luego, Pym,
Poe, que son equivalentes. El se veía a sí mismo intelectual y Pym se jactaba
de ser un hombre capaz de juzgar y pensar todo. Había escrito aquel poema
famoso que todos conocemos, demasiado porque no es uno de sus buenos poemas: “El
cuervo”. Luego dio una conferencia en Boston, en la cual explicó cómo
había llegado a ese tema.
Comenzó
por considerar las virtudes del estribillo y luego pensó en la fonética del
inglés. Pensó que las dos letras más memorables y eficaces del idioma inglés
eran la “o” y la “r”; entonces dio inmediatamente con la expresión “never
more”, nunca más. Eso era todo lo que él tenía al principio. Luego vino
otro problema, tenía que justificar la reconstrucción de esa palabra, ya que
es muy raro que un ser humano repita regularmente “never
more” al final de cada estrofa. Entonces, pensó que no tenía por qué
ser racional, y esto lo llevó a concebir la idea de un pájaro que habla. Pensó
en un loro, pero un loro es indigno de la dignidad de la poesía; entonces pensó
en un cuervo. O sea, que estaba leyendo en aquel momento la novela de Charles
Dickens, Barnaby Rudge en la
cual hay un cuervo. De modo que él tenía un cuervo que se llama never more y que repite continuamente su nombre. Eso es todo lo que
Poe tenía al principio.
Luego
pensó: ¿cuál es el hecho más triste, el más melancólico que puede
registrarse? Ese hecho tiene que ver con la muerte de una mujer hermosa. ¿Quién
puede lamentar mejor ese hecho? Desde luego, el amante de esa mujer. Entonces
pensó en el amante que acaba de perder a su novia, que se llama Leonore para
rimar con never more. ¿Dónde sitúa
al amante? Entonces pensó: el cuervo es negro, ¿dónde puede resaltar mejor la
negrura? Tiene que resaltar contra algo blanco; entonces la blancura de un busto
y eso busto ¿de quién puede ser? Es
el busto de Palas Atenea; ¿y dónde puede estar? En una biblioteca. Ahora, dice
Poe, la unidad de su poema necesitaba un recinto cerrado.
Entonces
situó el busto de Minerva en una biblioteca; ahí está el amante, solo,
rodeado de sus libros y lamentando la muerte de su amada so
lovesick more; luego entra el cuervo. ¿Por qué entra el cuervo? Bueno, la
biblioteca es un lugar tranquilo y hay que contrastarlo con algo inquieto: él
imagina una tempestad, imagina la noche tempestuosa que hace que el cuervo
penetre.
El
hombre le pregunta quién es y el cuervo contesta never
more y luego el hombre, para atormentarse de una forma masoquista, le hace
preguntas para que en todas ellas le conteste: never
more, never more, never more, nunca más, y sigue haciéndole preguntas. Al
final, le dice al cuervo lo que puede entenderse como la primera metáfora que
hay en el poema: “arranqué su pico de
su corazón y su forma de su puerta”; y el cuervo (que ya simplemente es
emblema de la memoria, de la memoria desdichadamente inmortal), el cuervo le
contesta: never more. El sabe que está
condenado a pasar el resto de su vida, de su vida fantástica, conversando con
el cuervo, con el cuervo que le dirá siempre nunca
más y le hará preguntas cuya respuesta ya conoce. Es decir, Poe quiere
hacernos creer que escribió ese poema en forma intelectual; pero basta mirar un
poco de cerca ese argumento para comprobar que es falaz.
Poe
pudo haber llegado a la idea del ser irracional usando, no un cuervo, sino un
idiota, un borracho; entonces ya tendríamos un poema completamente distinto y
menos explicable. Creo que Poe tenía ese orgullo de la inteligencia, él se
duplicó en un personaje, eligió un personaje lejano –el que todos conocemos
y que, indudablemente, es nuestro amigo aunque él no trata de ser nuestro
amigo-: es un caballero, Auguste Dupin, el primer detective
de la historia de la literatura. Es un caballero francés, un aristócrata francés
muy pobre, que vive en un barrio apartado de París, con un amigo.
Aquí
tenemos otra tradición del cuento policial: el hecho de un misterio descubierto
por obra de la inteligencia, por una operación intelectual. Este hecho está
ejecutado por un hombre muy inteligente que se llama Dupin, que se llamará
después Sherlock Holmes, que se llamará más tarde el padre Brown, que tendrá
otros nombres, otros nombres famosos sin duda. El primero de todos ellos, el
modelo, el arquetipo podemos decir, es el caballero Charles Auguste Dupin, que
vive con un amigo y él es el amigo que refiere la historia. Esto también forma
parte de la tradición, y fue tomado mucho tiempo después de la muerte de Poe
por el escritor irlandés Conan Doyle. Conan Doyle toma ese tema, un tema
atractivo en sí, de la amistad entre dos personas distintas, que viene a ser,
de alguna forma, el tema de la amistad entre don Quijote y Sancho, salvo que
nunca llegan a una amistad perfecta. Que luego será el tema de Kim también, la
amistad entre el muchachito menor y el sacerdote hindú, el tema de Don
Segundo Sombra: el tema del tropero y el muchacho. El tema que se
multiplica en la literatura argentina, el tema de la amistad que se ve en tantos
libros de Gutiérrez.
Conan
Doyle imagina un personaje bastante tonto, con una inteligencia un poco inferior
a la del lector, a quien llama el doctor Watson; el otro es un personaje un poco
cómico y un poco venerable, también: Sherlock Holmes. Hace que las proezas
intelectuales de Sherlock Holmes sean referidas por su amigo Watson, que no cesa
de maravillarse y siempre se maneja por las apariencias, que se deja dominar por
Sherlock Holmes y a quien le gusta dejarse dominar.
Todo
eso ya está en ese primer relato policial que escribió Poe, sin saber que
inauguraba un género, llamado The Murders in the Rue Morgue (Los crímenes de la calle Morgue).
Poe no quería que el género policial fuera un género realista, quería
que fuera un género intelectual, un género fantástico si ustedes quieren,
pero un género fantástico de la inteligencia, no de la imaginación solamente;
de ambas cosas desde luego, pero sobre todo de la inteligencia.
Él
pudo haber situado sus crímenes y sus detectives
en Nueva York, pero entonces el lector habría estado pensando si las cosas se
desarrollan realmente así, si la policía de Nueva York es de ese modo o de
aquel otro. Resultaba más cómodo y está más desahogada la imaginación de
Poe haciendo que todo aquello ocurriera en París, en un barrio desierto del
sector Saint Germain. Por eso el primer detective
de la ficción es un extranjero, el primer detective
que la literatura registra es un francés. ¿Por qué un francés? Porque el que
escribe la obra es un americano y necesita un personaje lejano. Para hacer más
raros a esos personajes, hace que vivan de un modo distinto del que suelen vivir
los hombres. Cuando amanece corren las cortinas, prenden las velas y al
anochecer salen a caminar por las calles desiertas de París en busca de ese
infinito azul, dice Poe, que sólo da una gran ciudad durmiendo; sentir al
mismo tiempo lo multitudinario y la soledad, eso tiene que estimular el
pensamiento.
Yo
me imagino a los dos amigos recorriendo las calles desiertas de París, de
noche, y hablando ¿sobre qué? Hablando de filosofía, sobre temas
intelectuales. Luego tenemos el crimen, ese crimen es el primer crimen de la
literatura fantástica: el asesinato de dos mujeres. Yo diría los crímenes de
la Rue Morgue, crímenes es más fuerte que asesinato. Se trata de esto: dos
mujeres que han sido asesinadas en una habitación que parece inaccesible. Aquí
Poe inaugura el misterio de la pieza cerrada con llave. Una de las mujeres fue
estrangulada, la otra ha sido degollada con una navaja. Hay mucho dinero,
cuarenta mil francos, que están desparramados por el suelo, todo está
desparramado, todo sugiere la locura. Es decir, tenemos un principio brutal,
inclusive terrible, y luego, al final, llega la solución.
Pero
esta solución no es solución para nosotros, porque todos nosotros conocemos el
argumento antes de leer el cuento de Poe. Eso, desde luego, le resta mucha
fuerza. (Es lo que ocurre con el caso análogo del doctor
Jekyll y míster Hyde: sabemos que los dos son una misma persona, pero eso sólo
pueden saberlo los lectores de Stevenson, otro discípulo de Poe. Si habla del
extraño caso del doctor Jekyll y míster Hyde, se propone desde el comienzo una
dualidad de personas). ¿Quién podría pensar, además, que el asesino iba a
resultar siendo un orangután, un mono?
Se
llega por medio de un artificio: el testimonio de quienes han entrado a la
habitación antes de descubrirse el crimen. Todos ellos han reconocido una voz
ronca que es la voz de un francés, han reconocido algunas palabras, una voz en
la que no hay sílabas, han reconocido una voz extranjera. El español cree que
se trata de un alemán, el alemán de un holandés, el holandés de un italiano,
etcétera; esa voz es la voz inhumana del mono, y luego se descubre el crimen;
se descubre, pero nosotros ya sabemos la solución.
Por
eso podemos pensar mal de Poe, podemos pensar que sus argumentos son tan tenues
que parecen transparentes. Lo son para nosotros, que ya los conocemos, pero no
para los primeros lectores de ficciones policiales; no estaban educados como
nosotros, no eran una invención de Poe como lo somos nosotros. Nosotros, al
leer una novela policial, somos una invención de Edgar Allan Poe. Los que
leyeron ese cuento se quedaron maravillados y luego vinieron los otros.
Poe
ha dejado cinco ejemplos, uno se llama Tú
eres el hombre: es el más débil de todos pero ha sido imitado después
por Israel Zangwill en The big bow
murder, que imita el crimen cometido en una habitación cerrada. Ahí
tenemos un personaje, el asesino, que fue imitado después en El
misterio del cuarto amarillo de Gastón Leroux: es el hecho de que el detective
resulta ser el asesino. Luego hay otro cuento que ha resultado ejemplar, La
carta robada, y otro cuento, El
escarabajo de oro. En La carta
robada, el argumento es muy simple. Es una carta que ha sido robada por
un crítico, la policía sabe que él la tiene. Lo hacen asaltar dos veces en la
calle. Luego examinan la casa; para que nada se les escape, toda la casa ha sido
dividida y subdividida; la policía dispone de microscopios, de lupas. Se toma
cada libro de la biblioteca, luego se ve si ha sido encuadernado, se buscan
rastros de polvo en la baldosa. Luego interviene Dupin. El dice que la policía
se engaña, que tiene la idea que puede tener un chico, la idea de que algo se
esconde en un escondrijo; pero el hecho no es así. Dupin va a visitar al político,
que es amigo de él, y ve sobre la mesa, a la vista de todos, un sobre
desgarrado. Se da cuenta de que ésa es la carta que todo el mundo ha buscado.
Es la idea de esconder algo en forma visible, de hacer que algo sea tan visible
que nadie lo encuentre. Además, al principio de cada cuento, para hacernos
notar cómo Poe tomaba de un modo intelectual el cuento policial, hay
disquisiciones sobre el análisis, hay una discusión sobre el ajedrez, se dice
que el whist es superior o que las damas
son superiores.
Poe
deja esos cinco cuentos, y luego tenemos el otro: El
misterio de Mary Roget, que es el más extraño de todos y el menos
interesante para ser leído. Se trata de un crimen cometido en Nueva York: una
muchacha, Mary Roget, fue asesinada, era florista según creo. Poe toma
simplemente la noticia de los diarios. Hace transcurrir el crimen en París y
hace que la muchacha se llame Marie Roget y luego sugiere cómo pudo haber sido
cometido el crimen. Efectivamente, años después se descubrió al asesino y
concordó con lo que Poe había escrito.
Tenemos,
pues, al relato policial como un género intelectual. Como un género basado en
algo totalmente ficticio; el hecho es que un crimen es descubierto por un
razonador abstracto y no por delaciones, por descuidos de los criminales. Poe
sabía que lo que él estaba haciendo no era realista, por eso sitúa la escena
en París; y el razonador era un aristócrata, no la policía; por eso pone en
ridículo a la policía. Es decir, Poe había creado un genio de lo intelectual.
¿Qué sucede después de la muerte de Poe? Muere, creo, en 1849; Walt Whitman,
su otro gran contemporáneo, escribió una nota necrológica sobre él, diciendo
que “Poe era un ejecutante que sólo sabía
tocar las notas graves del piano, que no representaba a la democracia
americana” –cosa que Poe nunca se había propuesto. Whitman fue injusto
con él y también Emerson lo fue.
Hay
críticos, ahora, que lo subestiman. Pero yo creo que Poe, si lo tomamos en
conjunto, tiene la obra de un genio, aunque sus cuentos, salvo el relato de Arthur
Gordon Pym, son defectuosos. No obstante, todos ellos construyen un
personaje, un personaje que vive más allá de Charles Auguste Dupin, de los crímenes,
más allá de los misterios que ya no nos asustan.
En
Inglaterra, donde este género es tomado desde el punto de vista psicológico,
tenemos las mejores novelas policíacas que se han escrito: las de Wilkie
Collins, La dama de blanco y La
piedra lunar. Luego tenemos a Chesterton, el gran heredero de Poe.
Chesterton dijo que no se habían escrito cuentos policiales superiores a los de
Poe, pero Chesterton –me parece a mí- es superior a Poe. Poe escribió
cuentos puramente fantásticos. Digamos La
máscara de la muerte roja, digamos El
tonel de amontillado, que son puramente fantásticos. Además cuentos de
razonamiento como esos cinco cuentos policiales. Pero Chesterton hizo algo
distinto, escribió cuentos que son, a la vez, cuentos fantásticos y que,
finalmente, tienen una solución policial. Voy a relatar uno, El
hombre invisible, publicado en 1905 o 1908.
El
argumento viene a ser, brevemente, éste: Se trata de un fabricante de muñecos
mecánicos, cocineros, porteros, mucamas y mecánicos que vive en una casa de
departamentos, en lo alto de una colina nevada en Londres. Recibe amenazas
acerca de que él va a morir –es una obra muy pequeña, esto es muy importante
para el cuento-. Vive solo con sus sirvientes mecánicos, lo cual ya tiene algo
de horrible. Un hombre que vive solo, rodeado de máquinas que remedan,
vagamente, las formas de hombre. Por fin, recibe una carta donde le dicen que va
a morir esa tarde. Llama a sus amigos, los amigos que van a buscar a la policía
y lo dejan solo entre sus muñecos, pero antes le piden al portero que se fije
si entra alguien en la casa. Le encargan al policeman,
le encargan a un vendedor de castañas asadas, también. Los tres prometen
cumplir. Cuando vuelven con la policía, notan que hay pisadas en la nieve. Las
que se acercan a la casa son tenues, las que se alejan están más hundidas,
como si llevaran algo pesado. Entran en la casa y encuentran que el fabricante
de muñecos ha desaparecido. Luego ven que hay cenizas en la chimenea. Aquí
surge lo más fuerte del cuento, la sospecha del hombre devorado por sus muñecos
mecánicos, eso es lo que más nos impresiona. Nos impresiona más que la solución.
El asesino ha entrado en la casa, ha sido visto por el vendedor de castañas,
por el vigilante y por el portero, pero no lo han visto porque es el cartero que
llega todas las tardes a la misma hora. Ha matado a su víctima, lo ha cargado
en la bolsa de la correspondencia. Luego quema la correspondencia y se aleja. El
padre Brown lo ve, charla, oye su confesión y lo absuelve porque en los cuentos
de Chesterton no hay arrestos ni nada violento.
Actualmente,
el género policial ha decaído mucho en Estados Unidos. El género policial es
realista, de violencia, un género de violencias sexuales también. En todo
caso, ha desaparecido. Se ha olvidado el origen intelectual del relato policial.
Éste se ha mantenido en Inglaterra, donde todavía se escriben novelas muy
tranquilas, donde el relato transcurre en una aldea inglesa; allí todo es
intelectual, todo es tranquilo, no hay violencia, no hay mayor efusión de
sangre. He intentado el género policial alguna vez, no estoy demasiado
orgulloso de lo que he hecho. Lo he llevado a un terreno simbólico que no sé
si cuadra. He escrito La muerte y la brújula. Algún texto policial con Bioy
Casares, cuyos cuentos son muy superiores a los míos. Los cuentos de Isidro
Parodi, que es un preso que, desde la cárcel, resuelve los crímenes.
¿Qué
podríamos decir como apología del género policial? Hay una que es muy
evidente y cierta: nuestra literatura tiende a lo caótico. Se tiende al verso
libre porque es más fácil que el verso regular; la verdad es que es muy difícil.
Se tiende a suprimir personajes, los argumentos, todo es muy vago. En esta época
nuestra, tan caótica, hay algo que, humildemente, ha mantenido las virtudes clásicas:
el cuento policial sin principio, sin medio y sin fin. Éstos los han escrito
escritores subalternos, algunos los han escrito escritores excelentes: Dickens,
Stevenson y sobre todo, Wilkie Collins. Yo diría, para defender la novela
policial, que no necesita defensa; leída con cierto desdén ahora, está
salvando el orden en una época de desorden. Esto es una prueba que debemos
agradecerle y es meritorio.
Conferencia
de Jorge Luis Borges
en
la Universidad argentina de Belgrano,
16
de junio de 1978.
Ilustraciones:
foto de Edgar Allan Poe y del actor Basil Rathbone en el personaje de Sherlock
Holmes.
Texto cedido por Rosana Puivecino
Revista Oxigen