
CÓMO ESCRIBIR UN CUENTO POLICÍACO
Gilbert Keith Chesterton
(Texto
facilitado por Rubén López Rodrigué)
Que
quede claro que escribo este artículo siendo totalmente consciente de que he
fracasado en escribir un cuento policíaco. Pero he fracasado muchas veces. Mi
autoridad es por lo tanto de naturaleza práctica y científica, como la de un
gran hombre de estado o estudioso de lo social que se ocupe del desempleo o del
problema de la vivienda. No tengo la pretensión de haber cumplido el ideal que
aquí propongo al joven estudiante; soy, si les place, ante todo el terrible
ejemplo que debe evitar. Sin embargo creo que existen ideales para la narrativa
policíaca, como existen para cualquier actividad digna de ser llevada a cabo. Y
me pregunto por qué no se exponen con más frecuencia en la literatura didáctica
popular que nos enseña a hacer tantas otras cosas menos dignas de efectuarse.
Como, por ejemplo, la manera de triunfar en la vida. La verdad es que me asombra
que el título de este artículo nos vigile ya desde lo alto de cada quiosco. Se
publican panfletos de todo tipo para enseñar a la gente las cosas que no pueden
ser aprendidas como tener personalidad, tener muchos amigos, poesía y encanto
personal. Incluso aquellas facetas del periodismo y la literatura de las que
resulta más evidente que no pueden ser aprendidas, son enseñadas con
asiduidad. Pero he aquí una muestra clara de sencilla artesanía literaria, más
constructiva que creativa, que podría ser enseñada hasta cierto punto e
incluso aprendida en algunos casos muy afortunados. Más pronto o más tarde,
creo que esta demanda será satisfecha, en este sistema comercial en que la
oferta responde inmediatamente a la demanda y en el que todo el mundo está
frustrado al no poder conseguir nada de lo que desea. Más pronto o más tarde,
creo que habrá no sólo libros de texto explicando los métodos de la
investigación criminal sino también libros de texto para formar criminales.
Apenas será un pequeño cambio de la ética financiera vigente y, cuando la
vigorosa y astuta mentalidad comercial se deshaga de los últimos vestigios de
los dogmas inventados por los sacerdotes, el periodismo y la publicidad
demostrarán la misma indiferencia hacia los tabúes actuales que hoy en día
demostramos hacia los tabúes de la Edad Media. El robo se justificará al igual
que la usura y nos andaremos con los mismos tapujos al hablar de cortar cuellos
que hoy tenemos para monopolizar mercados. Los quioscos se adornaran con títulos
como La falsificación en quince lecciones o ¿Por qué aguantar las miserias
del matrimonio?, con una divulgación del envenenamiento que será tan científica
como la divulgación del divorcio o los anticonceptivos.
Pero,
como a menudo se nos recuerda, no debemos impacientarnos por la llegada de una
humanidad feliz y, mientras tanto, parece que es tan fácil conseguir buenos
consejos sobre la manera de cometer un crimen como sobre la manera de
investigarlos o sobre la manera de describir la manera en que podrían
investigarse. Me imagino que la razón es que el crimen, su investigación, su
descripción y la descripción de la descripción requieren, todas ellas, algo
de inteligencia. Mientras que triunfar en la vida y escribir un libro sobre ello
no requieren de tan agotadora experiencia.
En
cualquier caso, he notado que al pensar en la teoría de los cuentos de misterio
me pongo lo que algunos llamarían teórico. Es decir que empiezo por el
principio, sin ninguna chispa, gracia, salsa ni ninguna de las cosas necesarias
del arte de captar la atención, incapaz de despertar o inquietar de ninguna
manera la mente del lector.
Lo
primero y principal es que el objetivo del cuento de misterio, como el de
cualquier otro cuento o cualquier otro misterio, no es la oscuridad sino la luz.
El cuento se escribe para el momento en el que el lector comprende por fin el
acontecimiento misterioso, no simplemente por los múltiples preliminares en que
no. El error sólo es la oscura silueta de una nube que descubre el brillo de
ese instante en que se entiende la trama. Y la mayoría de los malos cuentos
policíacos son malos porque fracasan en esto. Los escritores tienen la extraña
idea de que su trabajo consiste en confundir a sus lectores y que, mientras los
mantengan confusos, no importa si los decepcionan. Pero no hace falta sólo
esconder un secreto, también hace falta un secreto digno de ocultar. El clímax
no debe ser anticlimático. No puede consistir en invitar al lector a un baile
para abandonarle en una zanja. Más que reventar una burbuja debe ser el primer
albor de un amanecer en el que el alba se ve acentuada por las tinieblas.
Cualquier forma artística, por trivial que sea, se apoya en algunas verdades
valiosas. Y por más que nos ocupemos de nada más importante que una multitud
de Watsons dando vueltas con desorbitados ojos de búho, considero aceptable
insistir en que es la gente que ha estado sentada en la oscuridad la que llega a
ver una gran luz; y que la oscuridad sólo es valiosa en tanto acentúa dicha
gran luz en la mente.
Siempre
he considerado una coincidencia simpática que el mejor cuento de Sherlock
Holmes tiene un titulo que, a pesar de haber sido concebido y empleado en un
sentido completamente diferente, podría haber sido compuesto para expresar este
esencial clarear: el título es "Resplandor plateado" ("Silver
Blaze").
El
segundo gran principio es que el alma de los cuentos de detectives no es la
complejidad sino la sencillez. El secreto puede ser complicado pero debe ser
simple. Esto también señala las historias de más calidad. El escritor esta ahí
para explicar el misterio pero no debería tener que explicar la propia
explicación. Ésta debe hablar por sí misma. Debería ser algo que pueda
decirse con voz silbante (por el malo, por supuesto) en unas pocas palabras
susurradas o gritado por la heroína antes de desmayarse por la impresión de
descubrir que dos y dos son cuatro. Ahora bien, algunos detectives literarios
complican más la solución que el misterio y hacen el crimen más complejo aun
que su solución.
En
tercer lugar, de lo anterior deducimos que el hecho o el personaje que lo
explican todo, deben resultar familiares al lector. El criminal debe estar en
primer plano pero no como criminal; tiene que tener alguna otra cosa que hacer
que, sin embargo, le otorgue el derecho de permanecer en el proscenio. Tomaré
como ejemplo el que ya he mencionado, "Resplandor plateado". Sherlock
Holmes es tan conocido como Shakespeare. Por lo tanto, no hay nada de malo en
desvelar, a estas alturas, el secreto de uno de estos famosos cuentos. A
Sherlock Holmes le dan la noticia de que un valioso caballo de carreras ha sido
robado y el entrenador que lo vigilaba asesinado por el ladrón. Se sospecha,
justificadamente, de varias personas y todo el mundo se concentra en el grave
problema policial de descubrir la identidad del asesino del entrenador. La pura
verdad es que el caballo lo asesinó.
Pues
bien, considero el cuento modélico por la extrema sencillez de la verdad. La
verdad termina resultando algo muy evidente. El caballo da título al cuento,
trata del caballo en todo momento, el caballo está siempre en primer plano,
pero siempre haciendo otra cosa. Como objeto de gran valor, para los lectores,
va siempre en cabeza. Verlo como el criminal es lo que nos sorprende. Es un
cuento en el que el caballo hace el papel de joya hasta que olvidamos que una
joya puede ser un arma.
Si
tuviese que crear reglas para este tipo de composiciones, esta es la primera que
sugeriría: en términos generales, el motor de la acción debe ser una figura
familiar actuando de una manera poco frecuente. Debería ser algo conocido
previamente y que esté muy a la vista. De otra manera no hay auténtica
sorpresa sino simple originalidad. Es inútil que algo sea inesperado no siendo
digno de espera. Pero debería ser visible por alguna razón y culpable por
otra. Una gran parte de la tramoya, o el truco, de escribir cuentos de misterio
es encontrar una razón convincente, que al mismo tiempo despiste al lector, que
justifique la visibilidad del criminal, más allá de su propio trabajo de
cometer el crimen. Muchas obras de misterio fracasan al dejarlo como un cabo
suelto en la historia, sin otra cosa que hacer que delinquir. Por suerte suele
tener dinero o nuestro sistema legal, tan justo y equitativo, le habría
aplicado la ley de vagos y maleantes mucho antes de que lo detengan por
asesinato. Llegamos al punto en que sospechamos de estos personajes gracias a un
proceso inconsciente de eliminación muy rápido. Por lo general, sospechamos de
él simplemente porque nadie lo hace. El arte de contar consiste en convencer,
durante un momento, al lector no sólo de que el personaje no ha llegado al
lugar del crimen sin intención de delinquir sino de que el autor no lo ha
puesto allí con alguna segunda intención. Porque el cuento de detectives no es
más que un juego. Y el lector no juega contra el criminal sino contra el autor.
El
escritor debe recordar que en este juego el lector no preguntará, como a veces
hace en una obra seria o realista: ¿Por qué el agrimensor de gafas verdes
trepa al árbol para vigilar el jardín del médico? Sin sentirlo ni dudarlo, se
preguntará: ¿Por qué el autor hizo que el agrimensor trepase al árbol o cuál
es la razón que le hizo presentarnos a un agrimensor? El lector puede admitir
que cualquier ciudad necesita un agrimensor sin reconocer que el cuento pueda
necesitarlo. Es necesario justificar su presencia en el cuento (y en el árbol)
no sólo sugiriendo que lo envía el Ayuntamiento sino explicando por qué lo
envía el autor. Más allá de las faltas que planea cometer en el interior de
la historia debe tener alguna otra justificación como personaje de la misma, no
como una miserable persona de carne y hueso en la vida real. El lector, mientras
juega al escondite con su auténtico rival el autor, tiende a decir: Sí soy
consciente de que un agrimensor puede trepar a un árbol, y sé que existen árboles
y agrimensores. ¿Pero qué está haciendo con ellos? ¿Por qué hace usted que
este agrimensor en concreto trepase a este árbol en particular, hombre astuto y
malvado?
Esto
nos conduce al cuarto principio que debemos recordar. La gente no lo reconocerá
como práctico ya que, como en los otros casos, los pilares en que se apoya lo
hacen parecer teórico. Descansa en el hecho que, entre las artes, los
asesinatos misteriosos pertenecen a la gran y alegre compañía de las cosas
llamadas chistes. La historia es un vuelo de la imaginación. Es conscientemente
una ficción ficticia. Podemos decir que es una forma artística muy artificial
pero prefiero decir que es claramente un juguete, algo a lo que los niños
juegan. De donde se deduce que el lector que es un niño, y por lo tanto muy
despierto, es consciente no sólo del juguete, también de su amigo invisible
que fabricó el juguete y tramó el engaño. Los niños inocentes son muy
inteligentes y algo desconfiados. E insisto en que una de las principales reglas
que debe tener en mente el hacedor de cuentos engañosos es que el asesino
enmascarado debe tener un derecho artístico a estar en escena y no un simple
derecho realista a vivir en el mundo. No debe venir de visita sólo por motivos
de negocios, deben ser los negocios de la trama. No se trata de los motivos por
los que el personaje viene de visita, se trata de los motivos que tiene el autor
para que la visita ocurra. El cuento de misterio ideal es aquel en que es un
personaje tal y como el autor habría creado por placer, o por impulsar la
historia en otras áreas necesarias y después descubriremos que está presente
no por la razón obvia y suficiente sino por la segunda y secreta. Añadiré que
por este motivo, a pesar de las burlas hacia los noviazgos estereotipados, hay
mucho que decir a favor de la tradición sentimental de estilo más lector o más
victoriano. Habrá quien lo llame un aburrimiento pero puede servir para taparle
los ojos al lector.
Por
último, el principio de que los cuentos de detectives, como cualquier otra
forma literaria, empiezan con una idea. Lo que se aplica también a sus facetas
más mecánicas y a los detalles. Cuando la historia trata de investigaciones,
aunque el detective entre desde fuera el escritor debe empezar desde dentro.
Cada buen problema de este tipo empieza con una buena idea, una idea simple. Algún
hecho de la vida diaria que el escritor es capaz de recordar y el lector puede
olvidar. Pero en cualquier caso la historia debe basarse en una verdad y, por más
que se le pueda añadir, no puede ser simplemente una alucinación.
Revista Oxigen