
DISCURSO AL RECIBIR EL PREMIO NOBEL*
William Faulkner
(Texto
facilitado por Rubén López Rodrigué)
Siento
que este premio me ha sido otorgado, no a mí como persona, sino a mi trabajo: a
una vida de trabajo en la agonía y el sudor del espíritu humano, no en procura
de gloria y menos aún de dinero, sino de crear, a partir de los materiales del
espíritu humano, algo que no existía antes. Por eso, no soy más que un guardián
de este premio. A su parte representada en dinero no será difícil encontrarle
una destinación acorde con el propósito y el significado que le dan origen.
Pero querría hacer lo mismo con el reconocimiento, usando este momento como un
pináculo desde donde me escuchen los hombres y las mujeres jóvenes que ya están
dedicados a las mismas angustias y tribulaciones que yo, entre quienes está
aquel que algún día ocupará el mismo lugar que ocupo ahora.
Nuestra
tragedia de hoy es un miedo físico general y universal tan largamente padecido,
que a duras penas lo podemos soportar. Ya no quedan problemas del espíritu; tan
sólo una pregunta: ¿cuándo seré aniquilado? Es por eso que el hombre o la
mujer joven que escribe actualmente ha olvidado los problemas del corazón
humano en conflicto consigo mismo, que solos bastarían para producir buena
escritura porque son lo único sobre lo cual vale la pena escribir, lo único
que justifica la agonía y el sudor. Debe aprenderlos de nuevo. Debe enseñarse
a sí mismo que lo más despreciable de todo es tener miedo; y una vez
aprendido, olvidarlo para siempre sin dejar espacio en su taller para nada
distinto de las verdades y certezas del corazón, de las verdades universales
sin las cuales cualquier relato es efímero y fatal: el amor, el honor, la
piedad, el orgullo, la compasión, el sacrificio. Mientras no lo haga, su
trabajo está bajo maldición. No escribe sobre amor sino sobre lujuria, sobre
derrotas en las que nadie pierde nada valioso, sobre victorias sin esperanza y,
lo peor de todo, sin piedad ni compasión. Su dolor no llora sobre fibras
universales y no deja huella. No escribe con el corazón; escribe con las glándulas.
Mientras
no aprenda estas cosas, escribirá como si estuviera viendo el final del hombre
e inmerso en él. Me rehúso a aceptar el fin del hombre. Es demasiado fácil
decir que el hombre es inmortal simplemente porque permanecerá; que cuando
repique y se desvanezca el último campanazo del Apocalipsis con la última
piedra insignificante que cuelgue inmóvil en la agonía del fulgor del último
anochecer, que incluso entonces se oirá un sonido: el de su voz débil e
inagotable, que seguirá hablando. Me niego a aceptarlo. Creo que el hombre no sólo
perdurará, prevalecerá. Es inmortal, no por ser el único entre todas las
criaturas que posee una voz inagotable, sino porque tiene un alma, un espíritu
capaz de compasión y sacrificio y fortaleza. El deber del poeta, del escritor,
es escribir sobre estas cosas. Tiene el privilegio de ayudar al hombre a
resistir aligerándole el corazón, recordándole el coraje, el honor, la
esperanza, el orgullo, la compasión, la piedad y el sacrificio que han
enaltecido su pasado. La voz del poeta no debe ser solamente el recuerdo del
hombre, también puede ser su sostén, el pilar que lo ayude a resistir y a
prevalecer.
Revista Oxigen