
(Rosana Puivecino)
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El
comité editorial de esta revista ha examinado desde sus inicios una
ingente cantidad de relatos de muy diversa procedencia, de los cuales
hemos ido seleccionando los que han cumplido unos requisitos mínimos
exigibles tanto expositiva, lingüística como gramaticalmente. Es un
verdadero placer leer un relato bien contado por cualquiera de nuestros
fieles colaboradores o por quien se incorpora por primera vez a nuestra
sección creativa. A quienes lamentablemente devolvemos su trabajo, les instamos a seguir en la brecha mediante la sugerencia de posibles mejoras en su forma de escribir. La narrativa pone en juego el aspecto argumental con el estilístico y el emocional para transmitir al lector determinadas sensaciones, sin embargo, el autor ha de ejercer su mejor maestría a fin de lograr el objetivo propuesto con la suficiente claridad conceptual. En el noventa y nueve por ciento de los casos, la acogida de nuestras correcciones ha sido no sólo buena sino además expresamente solicitada, con la seguridad de quien se pone en manos de personas especializadas en la materia. |
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La
descripción
-el
uso verbal
insistir
con los tiempos verbales en situaciones tales como subió,
vio, se dirigió, se volvió… o con gerundios no es una forma idónea de
describir, sobre todo, acumuladas en un párrafo de apenas cinco o seis líneas.
-evitar
obviedades
-“con las
tapas oscuras (no negras, ni grises, ni marrones, simplemente oscuras)”
innecesaria
tanta explicación, por reiterativo y por obvio.
-Evitar
expresiones pueriles como “y entre la
hoja y el marco apareció su cara sorprendida”, dado que es exactamente lo
que ocurre cuando alguien abre una puerta ante otra persona. Otra frase
estrictamente literal es “era marzo y primavera”, pues es evidente que no
puede ser otra estación del año, pese a que la primavera no entra hasta el 22
del citado mes.
-huir
de puerilidades e imprecisiones:
“altas cumbres de frías nieves”. Rítmico pero con regusto épico
o infantil.
“Es
de noche, o anochece”. O lo uno o lo otro.
-adjetivación
selectiva
-por
muy previsible que sea la descripción de un despacho laboral, no es adecuado
decir “el despacho no era nada del otro
mundo”. Hay que ser más selectivo y definir ese lugar al lector que acaba
de entrar en él puesto que queremos que se quede con nosotros para saber qué
es lo que allí va a ocurrir.
-Adjetivación
redundante y excluyente: “grita con
ensordecedor estrépito en un ruidoso reproche”
Cuando la lógica del autor no coincide
con la del lector
Cuando
el autor busca sorprender e introduce una escena imprevisible que no guarda
aparente relación (a veces ninguna) con lo que conocemos hasta ese momento como
lectores y esa duda no queda despejada en ningún momento: algo falla. Ejemplo:
asesinar a una secretaria porque no sabe afilar los lápices. En este relato el
personaje central es un perturbado mental, en consecuencia, el lector sabe que
sus actos no se corresponden con una realidad común sino con los de una mente
psicótica. Es lógico, por tanto, que sus hechos sean inesperados pero no por
ello ilógicos sino objeto de una lógica desproporcionada y arbitraria cuya
clave de funcionamiento ha de saber revelar el autor si desea hacer creíble su
relato. En este caso concreto, el hecho de que la secretaria fuera asesinada por
dicha causa no cambia ni un solo matiz del relato, no lo hace diferente ni
contribuye a definirlo, es decir, no lo singulariza. Podría haberla asesinado
por llevar el pelo largo en vez de corto y la base argumental sería la misma.
Por
el contrario, en ocasiones hasta la más extraña verosimilitud narrativa puede
tener su propia lógica, que es la que cohesiona el relato en vez de romperlo en
pedazos. Veamos: el personaje desarrolla una empatía especial con el tipo que
come albóndigas en la mesa que está frente a él en un restaurante. Le mira
comer y le odia por ello. Alguien le roba ese pensamiento y una camarera
delatora recibirá el escarmiento. El círculo se cierra perfecto una vez la
justicia poética ha ejercido su función con la tácita complicidad del lector.
Manejo del tiempo-espacio
-leemos “yo miraba hacia fuera”,
cuando no sabemos exactamente dónde estamos ubicados dentro del relato,
respecto a qué estamos dentro o fuera, si es un sitio cerrado o abierto, etc.
Las perspectivas del autor en relación al narrador, personajes y lector han de
ir necesariamente disociadas o, mejor dicho, identificadas. Si el autor hace
hablar a su personaje sin hacer llegar al lector la información oportuna, el diálogo
se rompe.
-cuando hay una alternancia de voces en el tiempo y en el espacio,
con regreso al pasado para explicar el presente e incluso interviene un tercer
nivel, el del sueño, a modo de vaticinio: en estos casos, si no se coordinan
bien los tiempos puede organizarse un caos de personajes. A su vez, si estos
saltos no respetan el engarce natural de las secuencias puede alterarse la
comprensión y despistar al lector, por ello, hay que respetar al máximo la lógica
–sea cual sea- interna del relato.
Búsqueda de más niveles significativos
-
Establecer mundos paralelos a las escenas narradas puede enriquecer el sentido
del relato, por ejemplo: un personaje está a la espera de un suceso concreto en
un lugar determinado como puede ser un café y para distraer la espera se pone a
dibujar en un papel los mismos hechos que está viviendo; es un modo de
trasladar a un plano diferente el sentido de lo que estamos leyendo.
-Ocurre,
sin embargo, que la profusión de planos alternativos de significado consigue en
ocasiones obstruir la comprensión en lugar de enriquecerla. En el cruce de símiles
oníricos, matemáticos, ajedrecísticos, todos de vez, la interacción o
superposición genera confusión en lugar de avivar la intriga. Una jugada de
ajedrez puede guiar los hechos pero si a ello añadimos una ecuación matemática
o un sueño en forma de enigma, estas incógnitas requieren un esfuerzo
adicional no apto para el lector medio, que puede vivir este tipo de lecturas
con la incomodidad de ser examinado por un autor excesivamente instalado en la
omnisciencia.
-Juego
de presencias/ausencias: un padre ausente en la mente infantil puede recorrer
todo un relato y condicionar su contenido. La ausencia es un componente de
enorme fuerza evocadora, como saben todos los poetas.
Uso adecuado de datos referenciales
-Si
de entrada leemos “estaba empapado”
y sólo conocemos hasta ese instante del personaje que está en un momento
depresivo, pues uno se pregunta por qué: ¿sudor? ¿se ha caído en un charco?
¿ha llovido a mares y no se ha resguardado de la lluvia?. Por tanto, ese dato
no aporta nada salvo la gratuidad de un estado pasajero y circunstancial.
-si
estamos observando a un individuo que pasea impaciente de un lado a otro de la
calle, no podemos acompañar este hecho -que acaba de generar una clara
expectativa en el lector- de una tediosa descripción de la fachada del edificio
que queda justo a su espalda y cortar de un plumazo la tensión que hemos
logrado crear con la impaciente espera. En otro ámbito creativo como pudiera
ser el cine o la publicidad, las cuatro o cinco líneas de dicha fachada se
resumirían en dos segundos de enfoque a modo de ambientación espacial al
tiempo que veríamos esa figura impaciente yendo de un lado a otro. Esa
simultaneidad visual no es evidentemente la simultaneidad discursiva propia de
la escritura, como tampoco lo es la superposición temporal de notas musicales
de una canción; son códigos diferentes que responden a eficacias distintas.
-evitar
incongruencias: si un personaje aparece como “la negra”, luego como “la
mestiza” y la misma es más tarde “la mulata”, ¿con qué raza se queda el
lector?
-no
abusar de la elipsis hasta el punto de desconcertar por completo al lector con
tanta clave oculta. No hablo sólo del estilo policíaco (en el que la elipsis
es inherente). Hay relatos crípticos aparentemente sencillos pero que resultan
artificiosos, en los que al terminar de leer tienes la sensación de haber
dejado algún cabo suelto. El exceso de depuración también puede oscurecer la
narración y desanimar por ello al lector dispuesto en principio a entender al
autor.
La riqueza de la simplicidad
Partir
de elementos muy sencillos, de tipo cotidiano, para crear un relato original con
tintes incluso insólitos. Por ejemplo, la obsesión por los agujeros en un
personaje le lleva a cavar constantemente en busca de más agujeros. De la
relación entre un personaje y su mascota puede surgir toda una filosofía de
vida, diferente al resto de las personas. O de la fuerte psicología afectiva
que une a dos hermanos surge un análisis emocional de gran sensibilidad que por
sí solo nos explicará todos los interrogantes que la narración va planteando.
No todo han de ser episodios sangrantes, venganzas largamente rumiadas o
apariciones de otra dimensión. La sencillez de planteamiento genera proximidad
hacia el lector, pero me refiero a aquella difícil sencillez de la que hablaba
Pío Baroja (no confundir sencillez con escasez de recursos o con la falta de
maestría).
El
humor
Es
el recurso más difícil de manejar en cualquiera de las materias artísticas.
Por esto mismo no es raro que sea el menos utilizado en los relatos recibidos en
nuestra revista. El humor es un medio de dominar la tensión narrativa, un
enfoque de alejamiento o de manipulación por parte de un narrador omnisciente,
también es un gesto deliberadamente trivializador que aligera una tediosa
situación o bien la resolución de una escena determinada. El humor debe
ajustarse a unas pautas concretas porque no todo el mundo lo entiende en la
misma clave.
Cosa
bien distinta es la comicidad, pues tiene por lo general un componente de
inferioridad que lo sitúa en desventaja frente a la paridad de condiciones que
presenta el humor. El humor iguala pero lo cómico destapa desigualdades en las
que alguien o algo resulta perjudicado o en al menos en franca desventaja. Lo
burlesco es un grado más de deformidad en lo cómico.
Si
el autor considera que un cúmulo interminable de calamidades es apropiado para
hacer evolucionar de modo verosímil la narración sin caer en lo grotesco,
tales como accidente de coche, robo, pérdida de enseres y así sucesivamente,
hay peligro de potenciar el efecto contrario y generar comicidad (véase a otro
nivel en “Jo, qué noche”, la
divertida película de Martin Scorsese). Así se frustra por completo el
objetivo de verosimilitud literaria para adentrarse en el terreno de lo
disparatado, que es lo que ocurre cuando alguien exclama: “esto no hay quien
se lo crea”.
Bien
al contrario, en vez de forzar las cosas, si el autor lo que hace es
desdramatizar con naturalidad una penosa situación (“El
teléfono sigue timbrando y yo sigo muerto.”), en la que lo irrisorio se
combina sutilmente con lo doloroso (“El
crimen estaba consumado y solo faltaba confirmar mi muerte. Bastaba acudir al
obituario para enterarme de todo. Era fácil, mi defunción estaba allí, en
medio de tantas otras, lugar preferencial, aviso a cuatro columnas y en el mayor
de los tamaños; pero no quise leerlo, había decidido estirar mi coma, extender
mi agonía y pensar absurdamente que estaba vivo.”), consigue así
involucrar al lector en un mar de percepciones no estereotipadas que le
conmueven favorablemente.
Expresiones
inadecuadas
-“presa
del pánico”- manida
-“con
la máscara del terror pintada en la cara” - artificial
-“un
puro desgarro de sufrimiento”-redundancia banal
-“un sentido de recriminación a la ignominia de su apatía”- se
supone que así define nuestro autor el concepto de estar desorientado,
desubicado. Ampulosidad.
-“abrigándose
con atavíos menores” – contradicción obvia.
-“lo
cierto es que…” –latiguillos de habla coloquial
Enemigos
de la fluidez narrativa
-Exceso
de explicación
El
relato ha de explicarse por sí mismo. Por el contrario, hay autores que sienten
la necesidad de estar explicando continuamente cada paso que dan, subestimando
el poder de la palabra al mismo tiempo que la inteligencia del lector, máxime
si anteriormente ya ha quedado dicho o sobreentendido lo que se pretende
explicar.
-Obsesión por el tiempo
Tenemos
narraciones en los que cada dos frases aparece un cómputo temporal en todas sus
formas y maneras concebibles: “miró el
reloj”, “eran las diez y veinticinco”,
“quince minutos después”. Suelen
ser aportaciones del todo aleatorias con el ánimo de generar celeridad en la
acción que sin embargo pueden crispar el ánimo del paciente lector. Asunto
diferente es el manejo del suspense mediante la medida del tiempo, en cuyo caso,
es un elemento necesario para desarrollar la acción.
-El tópico de lo inexplicable
todo
es explicable, todo es material sometible a lenguaje escrito, de lo contrario,
no existe o nos perderemos en un mar de justificaciones interminables
completamente innecesarias a la narración. Si no confiamos en el poder evocador
del relato y hemos de explicar repetidamente cada avance, cada sentimiento,
sensación, impresión o hecho “como si fuera…” “algo así como…” estamos minusvalorando
la capacidad del lector, por un lado, y desperdiciando el uso literario del
lenguaje, por otro. Tengo mis dudas respecto al dicho de “más vale una imagen que mil palabras” dado que son métodos
diferentes de identificación. La imagen gana en inmediatez mientras que la
escritura se desvela poco a poco con un objetivo comunicador más a largo plazo
y más complejo.
Propuesta de análisis
A
continuación veremos un anuncio que encontré en la Red integrado en una larga
lista de personas dedicadas a un servicio de corrección de estilo. Propongo a
los lectores de OXIGEN el análisis de este interesante anuncio, en el que lógicamente
he borrado el nombre y apellidos de su titular:
-“X
Y Z. Revisión de estilo y ortografía, de léxico y de sintaxis, así
como de las herramientas útiles para producir esa efectividad buscada dentro
del discurso oral y escrito. Partidario de un estilo agresivo, basado en la
cuidadosa selección de la palabra, el empleo de la sinonimia y de la
simplificación verbal de giros ampulosos en negocios y notas comerciales.
Ornado discretamente y elaborado en la sintaxis para aquellos otros casos que
requieran un abandono de la inmediatez de la frase. En cualquier caso, se
garantiza un asombroso mimetismo con el estilo que se pretenda imitar y la función última de esta imitación.-“
(Nota:
el cuadro del encabezado es Retrato de
Miss Elliot de José Villegas
Cordero, 1892, Colección particular, EE.UU.)
Rosana
Puivecino Biela
Revista Oxigen