Estafas literarias. 

Óscar Bribián

 

Internet se ha convertido en un poderoso medio de difusión para todo el mundo, en especial para los escritores y poetas. Miles de autores cuelgan sus obras en foros y tertulias, algunos menos publican sus textos en revistas literarias, y los más osados apuestan por buscar agencias o editoriales a través de la Red. Lo que no saben estos autores es de la presencia de algunos lobos entre el rebaño. Me explico. Antes un agente literario recibía una obra, una novela por ejemplo, la leía, y si su opinión era favorable, le comunicaba al autor que intentaría que se publicase con alguna editorial, recibiendo su correspondiente comisión. Hoy en día todavía existen algunos agentes literarios tradicionales, y digo tradicionales porque en España parece que se van extinguiendo, no así en el mundo anglosajón, pero parece que en este país la picaresca llega a corromper y maltratar el arte más que en ningún otro sitio. Y es que de un tiempo a esta parte ha proliferado el negocio de las agencias literarias y de las editoriales de coedición con presencia en la Red, creados como negocios pese a las hermosas palabras de sus directores, que se esfuerzan por aparentar ser los nuevos altruistas del siglo XXI. Unos bondadosos señores que convencen a los autores de que su obra tiene buena “pinta” y si lo publican (asumiendo el autor casi todos los costes) habrá ingresos suficientes como para amortizar el gasto, e incluso en ocasiones beneficios. El verdadero problema llega cuando el autor, una vez decidido a llevar a cabo este sistema de coedición, contacta desgraciadamente con una empresa que resulta ser fraudulenta. Nada alegra más al ilusionado escritor novel, quien firma alegremente el contrato, o incluso hace una transferencia amparándose en su confianza hacia el melindroso editor que lo ha convencido, sin esperar que tiempo después esta editorial haya desaparecido literalmente o no conteste a sus reclamaciones.

Observemos las convincentes palabras del editor de una de estas entidades, hace ya algunos años:

“Por eso creamos la figura del Autor con Obra en Curso para aquellos escritores con problemas en el proceso creativo....De acuerdo con el Autor, concebimos un plan para llevar a cabo la Obra. Realizamos su seguimiento. Corregimos estilo y puntos débiles. El resultado final es que el Autor consigue al fin tener una Obra escrita, sólida, de la que sentirse orgulloso. Y Editorial xxx  la publica,”

¡Qué bonitas palabras! ¡Cuánto optimismo y generosidad! Es curioso, porque más adelante, después de toda esta verborrea, se habla de precios. La editorial cobrará por dicho asesoramiento, y luego la publicación no queda tan clara, aunque me consta que deberá ser finalmente el autor quien la asuma en su totalidad.

Se encuentran también las nuevas agencias literarias, en mi opinión un acertado negocio, porque ahora cobran por leer los manuscritos, de manera que no necesitan encontrar buenos autores para relacionarlos con editoriales, sencillamente pueden dedicarse exclusivamente a cobrar a los cientos de autores que les envían sus obras previo pago. Y hablo de autores que han sido premiados en certámenes o publicados anteriormente, no sólo principiantes. El pago es exigido a todos incondicionalmente. Si un autor que ha ganado un certamen literario reciente con su novela, decide enviarla por correo postal a una agencia literaria de esta calaña, el ejemplar irá directamente a la papelera, porque el autor no ha realizado el pago previo, y sin pago, no hay derecho a lectura. Con ello ya tienen el negocio redondo. No necesitan preocuparse buscando a un posible editor. Pueden subsistir de los ingresos de los cientos de escritores que, ilusionados, hacen la transferencia para conseguir ser leídos.

 De esta guisa, Internet se ha convertido en una auténtica selva donde autores noveles (y no tan noveles) pululan con mejor o peor fortuna en un terreno plagado de depredadores, que no dudan en emplear el arte del engaño, la fuga y la excusa. Ocurrió con el famoso y flagrante caso Jamais (ahora en los tribunales), y está ocurriendo con otros entes. Una editorial “de toda la vida” acepta el ejemplar gratuitamente, lo lee y valora. En el mayor número de ocasiones lo rechaza y el autor se busca otras opciones. Las editoriales y agencias internautas fraudulentas cobran por la lectura, prometen ingresos, se ganan la confianza, piden más dinero y se esfuman. No nos quejemos entonces de las editoriales convencionales, porque los verdaderos codiciosos son aquellos que buscan el descontento de los autores con el difícil mundo editorial para erigirse como su remedio. 

Oscar Bribián

29-10-2005

  

Nota: El presente artículo arremete solamente contra las agencias y editoriales de coedición fraudulentas, a sabiendas de que existen muchas que no lo son.

 


Revista Oxigen