
LITERATURA SEGÚN BORGES
(Texto
facilitado por Rubén López Rodrigué)
El
deber de cada uno es dar con su voz. El de los escritores, más que nadie.
Descreo
de los métodos del realismo, método artificial si los hay; prefiero revelar de
una buena vez lo que comprendí gradualmente.
El
salteado trabajo del narrador es restituir a imágenes los informes.
No
hay versificador incipiente que no acometa una definición de la noche, de la
tempestad, del apetito carnal, de la luna; hechos que no requieren definición
porque ya poseen nombre, vale decir, una representación compartida.
Los
cambios de lenguaje borran los sentidos laterales y los matices; la página «perfecta»
es la que consta de esos delicados valores y la que con facilidad mayor se
desgasta. Inversamente, la página que tiene vocación de inmortalidad puede
atravesar el fuego de las erratas, de las versiones aproximativas, de las distraídas
lecturas, de las incomprensiones, sin dejar el alma en la prueba.
La
literatura es un arte que sabe profetizar aquel tiempo en que habrá enmudecido,
y encarnizarse con la propia virtud y enamorarse de la propia disolución y
cortejar su fin.
La
imprecisión es tolerable o verosímil en la literatura porque a ella
propendemos en la realidad. La simplificación conceptual de estados complejos
es muchas veces una operación instantánea.
Todo
escritor mide las virtudes de los otros por lo ejecutado por ellos y pide que
los otros lo midan por lo que vislumbra o planea.
Quienes
minuciosamente copian a un escritor lo hacen impersonalmente, lo hacen porque
confunden a ese escritor con la literatura, lo hacen porque sospechan que
apartarse de él en un punto es apartarse de la razón y de la ortodoxia.
Si
los caracteres de una ficción pueden ser lectores o espectadores de la misma
ficción (como ocurre en Hamlet y el Quijote) nosotros, sus lectores o
espectadores, podemos ser ficticios.
La
literatura es un sueño dirigido y deliberado.
Un
gran escritor crea a sus predecesores.
La
obra que perdure es siempre capaz de una infinita y plástica ambigüedad; es
todo para todos; es un espejo que declara los rasgos del lector y es también un
mapa del mundo. Ello debe ocurrir, además, de un modo evanescente y modesto,
casi a despecho del autor; éste debe aparecer ignorante de todo simbolismo.
Un
libro es más que una estructura verbal; es el diálogo que entabla con su
lector y la entonación que impone a su voz y las cambiantes y durables imágenes
que deja en su memoria.
Una
literatura difiere de otra, ulterior o anterior, menos por el texto que por la
manera de ser leída.
Si
la literatura no fuera más que un álgebra verbal, cualquiera podría producir
cualquier libro, a fuerza de ensayos y variaciones.
Al
principio, todo escritor es barroco, vanidosamente barroco, y al cabo de los años
puede lograr, sin son favorables los astros, no la sencillez, que no es nada,
sino la modesta y secreta complejidad.
Toda
lectura implica una colaboración y casi una complicidad.
La
poesía no es menos misteriosa que los otros elementos del orbe. Tal o cual
verso afortunado no puede envanecernos, porque es don del Azar o del Espíritu;
sólo los errores son nuestros.
No
hay en la tierra una sola página, una sola palabra que sea sencilla, ya que
todas postulan el universo, cuyo más notorio atributo es la complejidad.
El
escritor más eficaz es aquel que incluso puede parecer un poco torpe.
No
vale la pena interesarse en el periodismo, pues está destinado a desaparecer.
Bastaría, en lugar de diarios, con un periódico bimensual, ya que todos los días
no se producen hechos sensacionales. En la época grecolatina se leían libros y
no se perdía el tiempo en tonterías.
No
sabemos lo que enseñan nuestras fábulas. Kipling quería demostrar que el
Imperio debe ser sentido como un deber, no como una ocasión de logro. Él tenía
la idea de la superioridad de los ingleses o de la raza blanca en general. Pero
si uno lee Kim advierte que los
personajes más simpáticos son los hindúes o musulmanes.
Sería
mejor que los escritores no vivieran de su profesión porque así se prostituyen
las literaturas por el deseo de ganar. En cambio, si el escritor fuera, al mismo
tiempo, un carpintero, o si puliera lentes, como Spinoza, podría dedicarse a
ese trabajo que le aseguraría el pan y luego podría dedicarse al otro trabajo,
sin apresurarlo, porque no pensaría en la gloria.
Para
un escritor el oficio más peligroso es le periodismo, porque se parece bastante
a la literatura como para contaminarlo. Para una persona que escribe en el
dialecto de los periodistas parece muy difícil que pueda después escribir en
el otro dialecto, un poco más digno, de la literatura.
El
verdadero tema del escritor es ser fiel a sus fantasmas, liberándose de ellos
al escribir. No debe buscar temas ~lo
cual puede convertirlo en un periodista o en algo más triste: en un político~,
sino dejar que los temas lo busquen.
Yo
he sido dos veces presidente de la SADE (Sociedad Argentina de Escritores),
equivocada sociedad donde se cree que ser escritor es un oficio.
Cuanto
más se tarda en publicar, mejor. Y si no se publica, quizá sea lo mejor de
todo.
Las
novelas no me interesaron nunca, salvo quizá las de Joseph Conrad. Considero la
novela como un género artificial, mientras que el cuento es un género espontáneo.
Las
escuelas literarias están hechas para los historiadores de la literatura, que
son todo lo contrario de los hombres de letras.
Antes
había un proceso que consistía en pensar, crear, escribir y publicar. Ahora se
empieza por el fin, por publicar.
Creo
que sólo hay buena o mala literatura. Eso de literatura comprometida me suena a
equitación protestante.
Aeropuerto
o Papillón se venden mucho, pero nadie cree que sean superiores a la
obra de Virgilio. La gente compra libros como si fueran diarios, pero, ¿quién
juzga un telegrama de la agencia Reuter superior a un diálogo de Platón?
Los
jóvenes son barrocos por timidez. Temen que si dijeran exactamente lo que se
han propuesto los demás descubrirían en ello una tontería. Entonces se
ocultan bajo varias máscaras, llegan a pensar que la literatura es una especie
de arte combinatoria de palabras. Pero el arte se hace de vida y no de vida
meramente observada.
¿Qué
se gana con el análisis estructuralista de un texto? Quien lee como un
estructuralista pierde toda la posibilidad de goce estético. Todo queda
reducido a una suerte de planito o cuadro sinóptico.
Creo
que la riqueza de la vida consiste menos en las experiencias que en lo que uno
piensa acerca de ellas o en lo que uno las convierte. Cuando Armstrong pisó los
campos de la Luna sintió una gran exaltación, pero eso no lo convierte en uno
de los grandes escritores de nuestro tiempo.
Una
de las principales tendencias en las letras de este siglo es la vanidad de la
sobreescritura.
Leer
es, para mí, lo que para Samuel Johnson: «Todo lo que nos hace olvidar el aquí
y el ahora, todo lo que nos aleja de nuestra circunstancia personal, todo lo que
nos ennoblece, todo lo que nos mejora». Y el placer privado de poseer un libro.
La
novela policial no puede ser realista. Es un género ingenioso y artificial. Los
crímenes, en la realidad, se descubren de otra forma: no por razonamientos
inteligentes sino por delaciones, errores, azar.
El
ultraísmo no tiene ninguna importancia para la literatura, aunque la tenga para
los historiadores de la literatura, lo cual es insignificante.
En
mi época no había best~sellers y no podíamos prostituirnos. No había quien
comprara nuestra prostitución.
De
mi libro Historia universal de la infamia
vendí treinta y siete ejemplares en un año. Podía imaginar a mis treinta y
siete lectores. Pero cinco mil o diez mil lectores ya son la abstracción, la
nada.
No
creo en las descripciones. En general, son falsas. No conviene describir, sino
sugerir.
Todo
arte, aún el naturalista, es convencional, y las convenciones de aceptación más
fácil son las que pertenecen al planteo mismo de las obras. Debemos resolvernos
al dictamen de Coleridge: suspender nuestra incredulidad.
La
literatura norteamericana de nuestro tiempo no quiere ser sentimental y repudia
a todo escritor que es susceptible de ese epíteto. Ha descubierto que la
brutalidad puede ser una virtud literaria; ha comprobado que en el siglo XIX los
americanos del Norte eran incapaces de esa virtud. Feliz o infelizmente
incapaces.
El
análisis literario es un infiel y rudimental arte llamado retórica por los
antiguos y que ahora solemos denominar estilística.
Según
una secular doctrina, el poeta es el amanuense del Espíritu o de la Musa. La
mitología moderna, menos hermosa, opta por recurrir a la subconciencia o aún a
lo subconciente.
El
ritmo es la respiración del poema. Es mucho más importante que las imágenes o
las ideas.
Revista Oxigen