Introducción al Curso sobre el Quijote. 

Vladimir Nabokov

(Texto facilitado por Rubén López Rodrigué)

 

«Vida real» y ficción

 Vamos a hacer todo lo posible por no caer en el fatídico error de buscar en las novelas la llamada «vida real». Vamos a no tratar de conciliar la ficción de los hechos con los hechos de la ficción. El Quijote es un cuento de hadas, como lo es Casa desolada, como lo es Almas muertas. Madame Bovary y Ana Karénina son cuentos de hadas excelsos. Pero sin estos cuentos de hadas el mundo no sería real. Una obra maestra de ficción es un mundo original, y en cuanto tal no es probable que coincida con el mundo del lector. Por otra parte, ¿qué es la tan cacareada «vida real», qué son los «hechos» ciertos?

La idea de «vida real» se basa en un sistema de generalidades, y si los llamados «hechos» de la llamada «vida real» enlazan con la obra de ficción es únicamente en cuanto generalidades. Por lo tanto, cuanto menos general sea una obra de ficción menos reconocible será en términos de «vida real». O viceversa, cuanto más detalles vívidos y nuevos haya en una obra de ficción, más se apartará ésta de la llamada «vida real», dado que la «vida real» es el epíteto generalizado, la emoción media, la multitud de los anuncios, el mundo del sentido común. [...]. Por otra parte, existe alguna correspondencia entre ciertas generalidades de la ficción y ciertas generalidades de la vida. Pensemos en el dolor físico o mental, por ejemplo, o en los sueños, o en la locura, o en cosas como la bondad, la misericordia, la justicia: pensemos en estos elementos generales de la vida humana, y estaremos de acuerdo en que sería provechoso estudiar de qué manera los maestros de la narrativa los transmutan en arte.

 

El «¿Dónde?» del Quijote

 No nos engañemos. Cervantes no es un topógrafo. El bamboleante telón de fondo del Quijote es de ficción, y de una ficción, además, bastante deficiente. Con esas ventas absurdas llenas de personajes trasnochados de los libros de cuentos italianos y esos montes absurdos infestados de poetastros dolientes de amor y disfrazados de pastores de la Arcadia, el cuadro que Cervantes pinta del país viene a ser tan representativo y típico de la España del siglo XVII como Santa Claus es representativo y típico del Polo Norte en el siglo XX. No sólo eso, sino que Cervantes parece tener un conocimiento de España tan escaso como el que tenía Gógol de Rusia central.

Aun así, no deja de ser España; y aquí es donde las generalidades de la «vida real» (en este caso de la geografía) se pueden aplicar a las generalidades de una obra de ficción. En líneas generales, las aventuras de don Quijote, en la primera parte, se desarrollan en la zona de Argamasilla y El Toboso en la Mancha, en la reseca llanura castellana, y por el sur en las estribaciones de Sierra Morena. Los invito a localizar esos lugares en el mapa que les he dibujado.

Ahora bien, si examinamos las correrías de don Quijote con criterios topográficos nos encontramos con un lío tremendo. La ignorancia de Cervantes en materia de lugares es enrome y total, incluso en lo que respecta a la villa manchega de Argamasilla, que en opinión de algunos sería más o menos el punto de partida.

 

El «¿Cuándo?» del libro

 Hasta aquí en cuanto el espacio. Veamos el tiempo.

Lo que ahora vamos a ver es cómo la forma épica evoluciona, se desprende de su piel métrica y le salen pezuñas en los pies, cómo se transforma de pronto en un cruce fecundo entre el monstruo alado de la epopeya y la prosa especializada de la narración de entretenimiento, un mamífero más o menos domesticado, si se me permite completar pobremente la metáfora. El resultado es un híbrido fecundo, una nueva especie, la novela europea.

Cervantes [era] un fracasado como soldado, como poeta, como dramaturgo, como funcionario (le pagaban sesenta centavos al día por requisar trigo con destino a la desdichada Armada Invencible).

Vale la pena, quizá, que echemos una rápida ojeada al mundo de las letras entre 1605 y 1615, los años de publicación de las dos partes del Quijote. Una cosa atrae mucho la atención de este observador: esa manía casi patológica de hacer sonetos que se da en toda Europa, en Italia, España, Inglaterra, Polonia, Francia; ese frenesí extraño, aunque no del todo despreciable, por aprisionar una emoción, una imagen o una idea en una celda de catorce versos, tras los áureos barrotes de cinco o siete rimas, cinco en los países latinos, siete en Inglaterra.

(Es muy posible que mientras Cervantes inventaba a su loco caballero, Shakespeare estuviera inventando a su rey loco).

 

Los comentarios generales de los críticos

 Algunos críticos, una minoría muy difusa y desaparecida largo tiempo ha, han intentado demostrar que el Quijote no es más que una farsa tonta. Otros han sostenido que el Quijote es la mejor novela de todos los tiempos. Hace cien años un entusiasta crítico francés, Sainte~Beuve, lo calificó de «la Biblia de la Humanidad». No caigamos bajo el hechizo de estos encantadores.

Bell afirma que la lección que se saca del libro es la presunción de don Quijote: el desatino de proponer el bien general, campo de acción que sólo corresponde a la Iglesia. La misma escuela mantiene que a Cervantes la Inquisición le traía tan sin cuidado como al dramaturgo Lope de Vega o al pintor Velázquez, de modo que la burla que se hace de los sacerdotes en el libro es bienhumorada, bromas de familia, cosa puramente doméstica, pullas de claustro, amenidades de rosaleda. Pero otros críticos adoptan severamente el punto de vista absolutamente opuesto y tratan de demostrar, sin gran éxito, que en el Quijote Cervantes expresó sin miedo su desprecio hacia lo que un severo comentarista protestante, Duffiel, denomina «el ritual papista (Romish)» y «la tiranía clerical»; y el mismo crítico concluye que el monomaníaco no era sólo don Quijote, sino que toda «España en el siglo XVI estaba invadida de locos del mismo tipo [patológico], hombres de una idea fija»; ya que «el rey, la Inquisición, los nobles, los cardenales, los curas y las monjas... todos estaban dominados», como dice este autor violentamente, «por la exclusiva convicción, imperiosa y prepotente, de que para llegar al cielo había que pasar por una puerta de cuyas llaves eran ellos los guardianes».

No vamos a seguir por el sendero polvoriento de estas generalizaciones pías o impías, traviesas o solemnes. La verdad es que no importa mucho que Cervantes fuera buen o mal católico; no importa siquiera que fuera bueno o malo, ni yo considero muy importante su actitud, la que fuera, frente al clima de su época. Personalmente me inclino más a aceptar la tesis de que esa condiciones no le preocupaban gran cosa. Lo que, en cambio, sí nos interesa es el propio libro, un determinado texto español mejor o peor traducido al inglés. Nos encontraremos, por supuesto, con que del texto brotan ciertas implicaciones morales que hay que considerar bajo una luz que quizá trascienda del mundo del libro en sí, y no flaquearemos cuando lleguemos a esa espinas. «El maestro no es nada, la obra maestra lo es todo», decía Flaubert. En más de un adepto del arte por el arte habita un moralista frustrado; y algo hay en la ética del Don Quijote que proyecta una lívida luz de laboratorio sobre la flameante carne de alguno de sus pasajes.

 

Observaciones generales sobre la forma

 Las novelas se pueden dividir en novelas monoviales y multiviales.

Monoviales: aquellas en las que lo importante es la trayectoria de una sola existencia humana.

Multiviales: aquellas en las que las trayectorias son dos o más.

Esa vida o esas vidas pueden estar continuamente presentes en todos los capítulos, o bien el autor puede utilizar la conmutación, menor o mayor.

Menor: cuando los capítulos en los que la vida o las vidas principales están activamente presentes se alternan con otros capítulos en los que los personajes secundarios comentan esas vidas principales.

Mayor: cuando, en una novela multivial, el autor pasa de contar una vida a contar otra, y de ésta a aquélla. Las muchas vidas pueden mantenerse separadas durante largo trecho, pero uno de los rasgos de la novela multivial como forma literaria es el de que las muchas vidas entren en contacto antes o después.

Madame Bovary, por ejemplo, es una novela monovial, sin apenas conmutaciones. Ana Karénina es una novela multivial con conmutaciones mayores. ¿Qué es el Quijote? Yo lo calificaría de novela de vía y media, con algunas conmutaciones. Caballero y escudero son en realidad una sola cosa, y en cualquier caso el escudero no hace sino seguirle la corriente al caballero; hay un punto, sin embargo, en la segunda parte, en el que se separan. Las conmutaciones son muy toscas, con un forzado movimiento de lanzadera entre la ínsula de Sancho y el castillo de don Quijote, y es un alivio para todos los participantes ~autor, personajes y lector~ que ambos vuelvan a unirse y a formar su combinación natural de caballero~y~escudero.

Desde un punto de vista ya no orientado a aspectos de modo sino de contenido, las novelas modernas se pueden catalogar en tipos tales como novelas de familia, novelas psicológicas (que a menudo están escritas en primera persona), novelas de misterio, etcétera. Las obras de primera fila suelen ser una combinación de varios de esos tipos. Pero sobre todo no hay que ponerse demasiado pedante. La cuestión del tipo puede llegar a ser sumamente aburrida, y realmente pierde todo interés cuando nos obliga a indagar en obras pretenciosas de escaso nulo valor artístico, o al revés, a intentar encasillar como sea una obra maestra.

El Quijote se encuentra dentro de un tipo de novela muy temprano y muy primitivo. Mantiene estrechos vínculos con la novela picaresca, un tipo de narración viejo como las viñas de los montes, que tiene por protagonista a un truhán, un vagabundo, un embaucador o en general un aventurero más o menos gracioso. Y ese protagonista despliega una carrera más o menos antisocial o asocial, saltando de trabajo en trabajo o de burla en burla a lo largo de una serie de episodios pintorescos, poco trabados entre sí, en los que el elemento cómico predomina netamente sobre cualquier intención lírica o trágica. También es significativo que el autor, al escoger como protagonista un vagabundo, en una época de opresión política en la que el Gobierno y la Iglesia imponen un mensaje moral, es significativo que, con esa elección, el autor decline astutamente toda responsabilidad peligrosa sobre los componentes socio~religioso~políticos de su héroe, puesto que el vagabundo, el aventurero, es fundamentalmente asocial e irresponsable.

Por supuesto que en las aventuras de nuestro visionario caballero vemos mucho más que las tribulaciones de dos personajes grotescos, uno flaco y otro gordo; pero aun así el libro se ajusta esencialmente a una forma primitiva, la del relato picaresco de episodios variopintos, puestos unos detrás de otros, apenas hilvanados, y como tal lo aceptaba y disfrutaba el lector sencillo.

 

La larga sombra de don Quijote

 A lo largo de todas las demás novelas que leamos, el Quijote, en cierto modo, seguirá estando con nosotros. Reconoceremos su característica más saliente y memorable, la nobleza extravagante, en el quijotesco propietario de esa casa todo menos desolada que es John Jarndyce [personaje de Dickens de su novela Casa desolada], uno de los personajes más atrayentes y apetecibles de toda la literatura narrativa. Cuando lleguemos a las Almas muertas de Gógol nos será fácil descubrir, en su esquema pseudopicaresco y en la extraña empresa que su protagonista acomete, un eco grotesco y una parodia morbosa de las aventuras de don Quijote. En lo que respecta a la Madame Bovary de Flaubert, no sólo nos encontraremos con que la propia dama vive casi tan insensatamente inmersa en meandros románticos como nuestro flaco hidalgo, sino que además descubrimos otra cosa más interesante, a saber, que a Flaubert, viendo con qué tenacidad extrema persigue la seria aventura de componer su novela, se le podría llamar un verdadero don Quijote por ese rasgo que es el más revelador de los grandes escritores: la sinceridad del arte que no flaquea ante nada. Y, finalmente, en la Ana Karénina de Tolstoi volveremos a reconocer vagamente al serio caballero en unos de los personajes principales, Liovin.

Debemos, pues, imaginarnos a don Quijote y su escudero como dos siluetas pequeñas que van caminando allá a lo lejos, sobre un fondo de dilatado crepúsculo encendido, y cuyas negras sombras, enormes, y una de ellas especialmente flaca, se extienden sobre el campo abierto de los siglos y llegan hasta nosotros.   

 


Revista Oxigen