
(Texto facilitado por Rubén López Rodrigué)
Cada cual tiene
sus razones: para éste, el arte es un escape; para aquél, un modo de conquistar.
Pero cabe huir a una ermita, a la locura, a la muerte y cabe conquistar con las
armas. ¿Por qué precisamente escribir, hacer por escrito esas evasiones y esas
conquistas? Es que, detrás de los diversos propósitos de los autores, hay una
elección más profunda e inmediata, común a todos. Vamos a intentar una
elucidación de esta elección y veremos si no es ella misma lo que induce a
reclamar a los escritores que se comprometan.
Cada una de nuestras percepciones va acompañada de la conciencia de que la
realidad humana es "reveladora", es decir, de que "hay" ser gracias a ella o,
mejor aún, que el hombre es el medio por el que las cosas se manifiestan; es
nuestra presencia en el mundo lo que multiplica las relaciones; somos nosotros
los que ponemos en relación este árbol con ese trozo de cielo; gracias a
nosotros, esa estrella, muerta hace milenios, ese cuarto de luna y ese río se
revelan en la unidad de un paisaje; es la velocidad de nuestro automóvil o
nuestro avión lo que organiza las grandes masas terrestres; con cada uno de
nuestros actos, el mundo nos revela un rostro nuevo. Pero, si sabemos que somos
los detectores del ser, sabemos también que no somos sus productores. Si le
volvemos la espalda, ese paisaje quedará sumido en su permanencia oscura.
Quedará sumido por lo menos; no hay nadie tan loco que crea que el paisaje se
reducirá a la nada. Seremos nosotros los que nos reduciremos a la nada y la
tierra continuará en su letargo hasta que otra conciencia venga a despertarla.
De este modo, a nuestra certidumbre interior de ser "reveladores" se une la de
ser inesenciales en relación con la cosa revelada.
Uno de los principales motivos de la creación artística es
indudablemente la necesidad de sentirnos esenciales en relación con el mundo.
Este aspecto de los campos o del mar y esta expresión del rostro por mí
revelados, cuando los fijo en un cuadro o un escrito, estrechando las
relaciones, introduciendo el orden donde no lo había, imponiendo la unidad de
espíritu a la diversidad de la cosa, tienen para mi conciencia el valor de una
producción, es decir, hacen que me sienta esencial en relación con mi creación.
Pero esta vez, lo que se me escapa es el objeto creado: no puedo revelar y
producir a la vez. La creación pasa a lo inesencial en relación con la actividad
creadora. Por de pronto, aunque parezca a los demás algo definitivo, el objeto
creado siempre se nos muestra como provisional: siempre podemos cambiar esta
línea, este color, esta palabra. El objeto creado no se impone jamás. Un
aprendiz de pintor preguntaba a su maestro: «¿Cuándo debo estimar que mi cuadro
está acabado?»Y el maestro contestó: «Cuando puedas contemplarlo con sorpresa,
diciéndote: "¡Soy yo quien ha hecho esto!"» Lo que equivale a decir: nunca. Pues
esto equivaldría a contemplar la propia obra con ojos ajenos y a revelar lo que
se ha creado. Pero es manifiesto que cuanto más conciencia tenemos de nuestra
actividad creadora menos tenemos de la cosa creada. Cuando se trata de una
vasija o un cajón que fabricamos conforme a las normas tradicionales y con
útiles cuyo empleo está codificado, es el famoso "se" de Heidegger lo que
trabaja por medio de nuestras manos. En este caso, el resultado puede parecernos
lo bastante extraño a nosotros como para conservar a nuestros ojos su
objetividad. Pero, si producimos nosotros mismos las normas de la producción,
las medidas y los criterios y si nuestro impulso creador viene de lo más
profundo del corazón, no cabe nunca encontrar en la obra otra cosa que nosotros
mismos: somos nosotros quienes hemos inventado las leyes con las que juzgamos
esa obra; vemos en ella nuestra historia, nuestro amor, nuestra alegría; aunque
la contemplemos sin volverla a tocar, nunca nos entrega esa alegría o ese amor,
porque somos nosotros quienes ponemos esas cosas en ella; los resultados que
hemos obtenido sobre el lienzo o sobre el papel no nos parecen nunca objetivos,
pues conocemos demasiado bien los procedimientos de los que son los efectos.
Estos procedimientos continúan siendo un hallazgo subjetivo: son nosotros
mismos, nuestra inspiración, nuestra astucia, y, cuando tratamos de percibir
nuestra obra, todavía la creamos, repetimos mentalmente las operaciones que la
han producido y cada uno de los aspectos se nos manifiesta como un resultado.
Así, en la percepción, el objeto se manifiesta como esencial y el sujeto como
inesencial; éste busca la esencialidad en la creación y la obtiene, pero
entonces el objeto se convierte en inesencial.
En parte alguna se hace esta dialéctica más evidente que en el arte de escribir.
El objeto literario es un trompo extraño que sólo existe en movimiento. Para que
surja, hace falta un acto concreto que se denomina la lectura y, por otro lado,
sólo dura lo que la lectura dure. Fuera de esto, no hay más que trazos negros
sobre el papel. Ahora bien, el escritor no puede leer lo que escribe, mientras
que el zapatero puede usar los zapatos que acaba de hacer, si son de su número,
y el arquitecto puede vivir en la casa que ha construido. Al leer, se prevé, se
está a la espera. Se prevé el final de la frase, la frase siguiente, la
siguiente página; se espera que se confirmen o se desmientan las previsiones;
la. lectura se compone de una multitud de hipótesis, de sueños y despertares, de
esperanzas y decepciones; los lectores se hallan siempre más adelante de la
frase que leen, en un porvenir solamente probable que se derrumba en parte y se
consolida en otra parte a medida que se avanza, en un porvenir que retrocede de
página a página y forma el horizonte móvil del objeto literario. Sin espera, sin
porvenir, sin ignorancia, no hay objetividad. Ahora bien, la operación de
escribir supone una cuasi-lectura implícita que hace la verdadera lectura
imposible. Cuando las palabras se forman bajo la pluma, el autor las ve, sin
duda, pero no las ve como el lector, pues las conoce antes de escribirlas; su
mirada no tiene por función despertar rozando las palabras dormidas que están a
la espera de ser leídas, sino de controlar el trazado de los signos; es una
misión puramente reguladora, en suma, y la vista nada enseña en este caso, salvo
los menudos errores de la mano. El escritor no prevé ni conjetura: proyecta. Con
frecuencia, se espera; espera, como se dice, la inspiración. Pero no se espera a
sí mismo como se espera a los demás; si vacila, sabe que el porvenir no está
labrado, que es él mismo quien tiene que labrarlo, y, si ignora todavía qué va a
ser de su héroe, es sencillamente que todavía no ha pensado en ello, que no lo
ha decidido; entonces, el futuro es una página en blanco, mientras que el futuro
del lector son doscientas páginas llenas de palabras que le separan del fin.
Así, el escritor no hace más que volver a encontrar en todas partes su saber, su
voluntad, sus proyectos; es decir, vuelve a encontrarse a sí mismo; no tiene
jamás contacto con su propia subjetividad y el objeto que crea está fuera de
alcance: no lo crea para él. Si se relee, es ya demasiado tarde; su frase no
será jamás a sus ojos completamente una cosa. El escritor va hasta los límites
de lo subjetivo, pero no los franquea: aprecia el efecto de un rasgo, de una
máxima, de un adjetivo bien colocado, pero se trata del efecto sobre los demás;
puede estimarlo, pero no volverlo a sentir. Proust nunca ha descubierto la
homosexualidad de Charlus, porque la tenía decidida antes de iniciar su libro. Y
si la obra adquiere un día para su autor cierto aspecto de subjetividad, es que
han transcurrido los años y que el autor ha olvidado lo escrito, no tiene ya en
ello arte ni parte y no sería ya indudablemente capaz de escribirlo. Tal vez es
el caso de Rousseau volviendo a leer El contrato social al final de su
vida.
No es verdad, pues, que se escriba para sí mismo: sería el mayor de los
fracasos; al proyectar las emociones sobre el papel, apenas se lograría
procurarles una lánguida prolongación. El acto creador no es más que un momento
incompleto y abstracto de la producción de una obra; si el autor fuera el único
hombre existente, por mucho que escribiera, jamás su obra vería la luz como
objeto; no habría más remedio que dejar la pluma o desesperarse. Pero la
operación de escribir supone la de leer como su correlativo dialéctico y estos
dos actos conexos necesitan dos agentes distintos. Lo que hará surgir ese objeto
concreto e imaginario, que es la obra del espíritu, será el esfuerzo conjugado
del autor y del lector. Sólo hay arte por y para los demás.
Revista Oxigen