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Baudrillard; alteridad, seducción y
simulacro.
Adolfo
Vásquez Rocca

Un universo frío; el reverso
de la utopía.
Vivimos en un universo frío, la calidez seductora, la pasión de un mundo
encantado es sustituida por el éxtasis de las imágenes, por la pornografía de la
información, por la frialdad obscena de un mundo desencantado. Ya no por el
drama de la alienación, sino por la hipertrofia de la comunicación que,
paradojalmente, acaba con toda mirada o, como dirá Baudrillard,
con toda imagen
y, por
cierto, con todo reconocimiento
El
desafío de la diferencia, que constituye al sujeto especularmente, siempre a
partir de un otro que nos seduce o al que seducimos, al que miramos y por el que
somos vistos, hace que el solitario voyeurista ocupe el lugar del antiguo
seductor apasionado. Somos, en este sentido, ser para otros y no sólo por la
teatralidad propia de la vida social, sino porque la mirada del otro nos
constituye, en ella y por ella nos reconocemos.
La constitución de nuestra identidad tiene lugar desde la
alteridad, desde la mirada del otro que me objetiva, que me convierte en
espectáculo. Ante él estoy en escena, experimentando las tortuosas exigencias de
la teatralidad de la vida social. Lo característico de la frivolidad es la
ausencia de esencia, de peso, de centralidad en toda la realidad, y por tanto,
la reducción de todo lo real a mera apariencia.
El éxito de la identidad prefabricada
radica en que cada uno la diseña de acuerdo con lo que previsiblemente triunfa
–los valores en alza[3]–.
La moda, pues, no es sino un diseño utilitarista de la propia personalidad, sin
profundidad, una especie de ingenuidad publicitaria en la cual cada uno se
convierte en empresario de su propia apariencia.
La sociedad del espectáculo.
La moda ha contribuido también a la construcción
del paraíso del capitalismo hegemónico. Sin duda, capitalismo y moda se
retroalimentan[4].
Ambos son el motor del deseo que se expresa y satisface consumiendo; ambos ponen
en acción emociones y pasiones muy particulares, como la atracción por el lujo,
por el exceso y la seducción. Ninguno de los dos conoce el reposo, avanzan según
un movimiento cíclico no-racional, que no supone un progreso. En palabras de J.
Baudrillard: “No hay un progreso continuo en esos ámbitos: la moda es
arbitraria, pasajera, cíclica y no añade nada a las cualidades intrínsecas del
individuo”[5].
Del mismo modo es para él el consumo un proceso social no racional. La voluntad
se ejerce –está casi obligada a ejercerse– solamente en forma de deseo,
clausurando otras dimensiones que abocan al reposo, como son la creación, la
aceptación y la contemplación. Tanto la moda como el capitalismo producen un ser
humano excitado, aspecto característico del diseño de la personalidad en
sociedad del espectáculo.
La sociedad de consumo supone la
programación de lo cotidiano; manipula y determina la vida individual y social
en todos sus intersticios; todo se transforma en artificio e ilusión al servicio
del imaginario capitalista y de los intereses de las clases dominantes. El
imperio de la seducción y de la obsolescencia; el sistema fetichista de la
apariencia y alienación generalizada[6].

El
juego de las apariencias.
Ver y ser vistos, esa parece ser la consigna en el juego translúcido de la
frivolidad.
El así llamado momento del espejo, precisamente, es el resultado
del desdoblamiento de la mirada, y de la simultánea conciencia de ver y ser
visto, ser sujeto de la mirada de otro, y tratar de anticipar la mirada ajena en
el espejo, ajustarse para el encuentro. La mirada, la sensibilidad visual
dirigida, se construye desde esta autoconciencia corpórea, y de ella, a la vez,
surge el arte, la imagen que intenta traducir esta experiencia sensorial y
apelar a la sensibilidad en su receptor.
Nuestra soledad
demanda un espejo simbólico en el que poder reencontrar a los otros desde
nuestro interior. Buscamos en el espejo la unidad de una imagen a la que sólo
llevamos nuestra fragmentación.
Con estupor tomamos
las últimas fotografías posibles, un patético modo de certificar la experiencia
o de convertirla en colección. Pareciera que la fotografía quiere jugar este
juego vertiginoso, liberar a lo real de su principio de realidad, liberar al
otro del principio de identidad y arrojarlo a la extrañeza. Más allá de la
semejanza y de la significación forzada, más allá del "momento Kodak", la
reversibilidad es esta oscilación entre la identidad y el extrañamiento que abre
el espacio de la ilusión estética, la des-realización del mundo, su provisional
puesta entre paréntesis.
Como en
La invención de Morel[7]
donde un aparato reproduce la vida (absorbiendo las almas) en forma de réplica,
en forma de mera proyección. Los Stones como souvenir de sí mismos proyectados
en el telón del escenario giratorio. La envidiable decreptitud de Mick Jagger
con una delgadez mezquina y ominosa, como si fuera su propia narcótica reliquia.
Los rostros del
otro, rostros distantes a pesar de su cercanía, ausentes a pesar de su
presencia, los miramos sin que ellos nos devuelvan la mirada. La alteridad no es
más que un espectro, fascinados contemplamos el espectáculo de su ausencia. Tal
vez los Stones estén muertos y nadie lo sepa. Tal vez sea una banda sustituta la
que por enésima vez sacuda el mundo cuando comience su nueva gira por las
ciudades de la Gran Babilonia.

Efectos de desaparición
Imágenes de la gran
urbe, fragmentos de los últimos gestos humanos reconocibles. Los sujetos
indiferentes a la presencia de la cámara se mueven según el ritmo de sus propios
pensamientos.
Imágenes en
movimiento: la estación del Metro de Tokio, súper-carreteras, aviones
supersónicos, televisores de cristal líquido, nano-ordenadores, y otros tantos
accesorios que nos implantan una aceleración a la manera de otras tantas
prótesis tecnológicas. Es la era del cyber-reflejo condicionado, del vértigo de
la cibermúsica, de los fundidos del inconsciente en una lluvia de imágenes
digitales, vértigo espasmódico de señales que se encienden y apagan, del gesto
televisivo, vértigo espasmódico de señales que se encienden y se apagan, del
gesto neurótico y ansioso del zapping o el molesto corte del semáforo en las
esquinas que parasitan el sistema de interrupciones artificiales y alimentan
nuestra dependencia de los efectos especiales.
La fragmentación
de las imágenes construye una estética abstracta y laberíntica, en el que cada
fragmento opera independiente pero, a su vez, queda encadenado al continuo
temporal de un instante narrativo único. Podemos retener el mundo entero en
nuestras cabezas.
La aceleración y
los estados alterados de la mente. Los psicotrópicos. La representación
electrónica de la mente en la cartografía del hipertexto. Las autopistas de la
información, donde todo acontece sin tener siquiera que partir ni viajar. Es la
era de la llegada generalizada, de la telepresencia, de la cibermuerte y el
asesinato de la realidad. El mundo como una gran cámara de vacío y de
descompresión. Como la ralentización de la exuberancia del mundo.
Prof. Dr.
Adolfo Vásquez Rocca 
Doctor
en Filosofía por la P. UCV., Postgrado Universidad Complutense de
Madrid, Departamento de Filosofía IV, Estética y Pensamiento Contemporáneo.
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