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Espacio e Identidad.
Poética de la memoria.
Descriptores:
Hölderlin, Heidegger, Trakl y Teillier.
Adolfo Vásquez
Rocca
Cuando
todos se vayan
Cuando
todos se vayan a otros planetas
yo
quedaré en la ciudad abandonada
bebiendo
un último vaso de cerveza,
y
luego volveré al pueblo donde siempre regreso
como
el borracho a la taberna
y
el niño a cabalgar
en
el balancín roto.
Y
en el pueblo no tendré nada que hacer,
sino
echarme luciérnagas a los bolsillos
o
caminar a orillas de rieles oxidados
o
sentarme en el roído mostrador de un almacén
para
hablar con antiguos compañeros de escuela.
Como
una araña que recorre
los
mismos hilos de su red
caminaré
sin prisa por las calles
invadidas
de malezas
mirando
los palomares
que
se vienen abajo,
hasta
llegar a mi casa
donde
me encerraré a escuchar
discos
de un cantante de 1930
sin
cuidarme jamás de mirar
los
caminos infinitos
trazados
por los cohetes en el espacio.
J.
Teillier.
La
poesía como nostalgia.
Georg Trakl,
considerado, junto a Rilke, como el máximo poeta lírico del siglo XX en lengua
alemana, nace
en Salzburgo el 3 de febrero de 1887 (muere en 1914) en lo que entonces era el
Imperio Austro-Húngaro. Desde niño asimila el mundo de los simbolistas
franceses a través de las lecturas de poemas traducidos de Baudelaire, Verlaine
y Rimbaud. A los 18 años de edad da a conocer sus primeros poemas bajo la
influencia de Lenau, Hofmannsthal y Baudelaire, de quien interioriza sus imágenes
poéticas y de Verlaine asimila ritmos y silencios. Su
poesía ha sido considerada como el
más conmovedor de los lamentos ante un mundo imperfecto.
Su estilo es abrupto y
violento y su obra poética es breve pero de una rara densidad, en ella une la
nostalgia de la ternura y el presentimiento del fin del mundo occidental.
En relación a Trakl, Jorge Teillier[1]
manifiesta en un ensayo[2]
que su poesía alude
profusamente a la melancólica casa de sus antepasados; a su ciudad natal, que
con el paisaje de la comarca están presentes en casi todo sus poemas. Allí
aparece un mundo de nostalgia y decadencia, propio de una ciudad que durante la
Edad Media había tenido un gran esplendor, y que vivía de un pasado
irrecuperable. Por oposición a la ciudad, se vuelve Trakl a la naturaleza, a la
que ve exenta de la culpa de la caída.
Así la ciudad de
Trakl es la imagen de decadencia del mundo occidental que está relacionado con
la figura poética del forastero, el solitario, el apátrida, cuya culpa radica
sólo en el hecho, por lo demás inevitable, de existir en este mundo donde sólo
existen exiliados.
Martin
Heidegger; Interpretaciones
de la poesía de Hölderlin.
En
1953, en su estudio "Georg Trakl", Martin Heidegger lo llama "poeta
del occidente aún oculto, de una nueva generación renegada que sucederá a la
actual"[3],
considerándolo el sucesor de Hölderlin. La interpretación heideggeriana de la
poesía de Trakl ha suscitado muchas discusiones, pero no más que las generadas
por otras interpretaciones o lecturas de su obra. A este desconcierto
ha contribuido la ambigüedad de su poesía, sus neorrománticas y polisémicas
imágenes, su visión del capitalismo en decadencia.
En
la obra de Heidegger, precisamente como en la de Trakl, se
está constantemente buscando retornar al origen, ya sea por el camino hermenéutico,
ya por las señales de ruta dejadas en el devenir etimológico de las palabras o
mediante la reconstrucción de sentidos primigenios a través de ejemplos
tomados de una vida de aldea, en la cual se puede percibir una gran nostalgia,
la misma que él –Heidegger –reconoce en la poesía de Trakl[4].
Una nostalgia por aquel mundo del orden inmemorial de las aldeas y de los
campos, en donde siempre se produce la misma segura rotación de las siembras y
las cosechas, de sepultación y resurrección, tan similares a la gestación de
los dioses propios de la poesía de Hölderlin. En las obras de Heidegger vemos
las cosas dotadas de vida, las cosas vividas, el trato con las cosas cotidianas,
con las cosas admitidas en nuestra confianza, esto es lo que Heidegger entenderá
como el ser de lo útil.
Heidegger
alude, a través de la imagen de la casa, al sentido espiritual del hogar como
espacio en el que se
produce
la unidad espiritual de los
seres
humanos con las
cosas. Es así como Heidegger realiza una lírica descripción de su hogar
ideal, una granja, en la Selva Negra:
“Lo
que ordena aquí la casa es la autosuficiencia que permite al cielo y la tierra,
a los dioses y a los mortales formar una única unidad con las cosas. Es eso lo
que sitúa la granja mirando al sur, en la ladera de la montaña protegida por
los vientos, entre los prados cercanos al manantial, y la dota de un tejado con
ancho voladizo de guijarros, cuya característica pendiente no sólo aguanta el
peso de la nieve, sino que desciende hasta abajo para resguardar las
habitaciones de las tormentas durante las largas noches invernales. No olvida el
altar en un rincón, detrás de la mesa comunitaria, y halla sitio en la
habitación para el sagrado lugar del parto y para el ‘árbol de los
muertos’ –pues así llaman aquí al ataúd–, y de ese modo determina, para
las distintas generaciones que conviven bajo el mismo techo, el carácter de su
viaje a través del tiempo. La habitabilidad artesana, surgida ella misma de la
morada, que aún emplea sus herramientas y sus estructuras como si fueran cosas,
edifica la casa de labor.”
[5]
Heidegger,
en este texto, vuelve la mirada a un idílico estado preindustrial, mirada que
se corresponde con la sensibilidad neorromántica de los poetas láricos como
Trakl o Teillier, quienes están constantemente intentando regresar a la aldea
–al pueblo natal– como muestra de rechazo (velado o inconsciente) de la
ciudad moderna, creando un mundo imaginario en el cual declaran verdaderamente
habitar, y en donde se da el verdadero arraigo, la vuelta al mundo de la
infancia y la confianza en la memoria y la leyenda.
La
vivienda y el hogar, son elementos decisivos que permiten al hombre desarrollar
un sentido de su propio yo, en tanto que perteneciente a un lugar determinado:
Todo
espacio realmente habitado contiene la esencia del concepto de hogar, porque allí
se unen la memoria y la imaginación, para intensificarse mutuamente. En el
terreno de los valores forman una comunidad de memoria e imagen, de tal modo que
la casa no sólo se experimenta a diario, al hilvanar una narración o al contar
nuestra propia historia, sino que, a través de los sueños, los lugares que
habitamos impregnan y conservan los tesoros del pasado. Así pues la casa
representa una de las principales formas de integración de los pensamientos,
los recuerdos y los sueños de la humanidad. Sin ella, el hombre sería un ser
disperso[6].
Aquí
podemos notar el paralelismo entre la casa y el cuerpo como depósito de
memoria. No sólo los recuerdos, también las cosas que hemos olvidado están
‘almacenadas’. El alma es una morada. Recordando las casas y las
habitaciones aprendemos a mirar dentro de nosotros mismos.
Estas
descripciones de carácter lírico conceden a la casa la connotación espiritual
de refugio y seguridad, por contraste con un vivir expuesto que sería propio de
la existencia a la intemperie, finalmente, también la casa es el lugar del goce
y del acopio de recuerdos, que forjan una identidad y permiten reconocerse en
una radical intimidad como siendo igual a sí mismo. Las imágenes de la
casa están en nosotros porque nosotros estamos en ellas.
En
un sentido práctico, puedo comportarme humanamente hacia un objeto sólo en
tanto el objeto se comporta de manera humana hacia mí. El objeto es
significativo en la medida en que es rico en historia y en asociaciones
imaginarias y reales.
El
habitar poético del hombre en el mundo.
Ahora
bien, la casa, pues, es una extensión de la persona, una especie de segunda
piel, un abrigo o caparazón, que exhibe y despliega tanto como esconde y
protege. Casa, cuerpo y mente se encuentran en una continua interacción; la
estructura física, el mobiliario, las convenciones sociales y las imágenes de
la casa permiten, moldean, informan y reprimen al mismo tiempo las actividades y
las ideas que se desarrollan dentro de sus paredes, un entorno creado y decorado
como escenario de la habitabilidad. La casa y la habitación se convierten así
en un agente de pensamiento y en un primer agente socializador, que moldea el
carácter de los hijos, a partir de las primeras impresiones de la mirada. Al
moverse en un espacio ordenado –diseñado–, el cuerpo “interpreta” la
casa, que representa la memoria para una persona.
Con
las costumbres y la habitación, cada cual construye un dominio práctico de los
esquemas fundamentales de su forma de vida. “No habitamos porque hemos
construido, sino que construimos y hemos construido en la medida que habitamos,
es decir, en cuanto que somos los que habitan”[7].
Construir es producir cosas que, al erigirlas, disponen un lugar y otorgan un
espacio –pletórico de sentido– que se abre a la vez al habitar. “La
esencia del construir es el dejar habitar”[8].
La construcción debe respetar el lugar, el mundo, la tierra donde nuestra
determinada forma de pensar tiene sentido, y esto es una apuesta por lo
diferente frente a la uniformidad (igualitarismo) y el estilo arquitectónico
ramplonamente homogéneo contemporáneo a Heidegger y –que duda cabe– también
a nosotros.
Lo
que hemos intentado aquí es mostrar cómo el habitar y el construir están
estrechamente vinculados con el pensar. Porque, al igual que el pensar, el
construir le da apertura al ser, crea un mundo, un espacio habitable, y
es en el propio habitar donde se percibe el sentido de este espacio y el pensar
acoge e instala al ser.
A
este respecto cabe señalar que el devenir-templo de la casa es, en sí mismo,
obra del proceso postmoderno de secularización, que se corresponde con la
elaboración de "ritos laicos" de carácter doméstico (como la
contemplación de las "obras de arte" que decoran las casas de la
clase dirigente); pero tiene como efecto derivado el agudizar la contradicción
entre ese interior que connota "antigüedad": la propia antigüedad
del linaje familiar plasmada en la galería de retratos de los antepasados que
decoran las paredes y el exterior urbano –que connota la "novedad" y
el desarraigo– típicos de la ciudad en contraposición a la solidaridad orgánica
de las aldeas; en suma la contradicción entre la fachada (exterioridad) y el
interior. Esto porque las fachadas de las casas o edificios, al contrario de lo
que pudiera parecer, no están hechas para ser "contempladas" (la
contemplación es sólo posible en el interior de la casa, que es lugar de la
"vida contemplativa"). La calle es una colección de
fachadas-significantes, y la casa una colección de interiores-significados. La
fachada, como todo significante, debe volverse invisible para transparentar el
significado: no está hecha para ser vista, sino para ser leída y obedecida, es
un signo o una consigna. De la misma forma que en la antropología platónica el
cuerpo es la exterioridad del alma a la que envuelve, la fachada es la
exterioridad que envuelve la “casa”, y las puertas y las ventanas son los
apertura al exterior, son "forados" de doble trayectoria: ingerencia e
intrusismo que amenazan con la penetración del exterior (de la vida agoranómica,
comercial y política); la disolución que amenaza con el allanamiento del
interior y la profanación de la intimidad (por ello los vidrios de una catedral
gótica no dejan penetrar el rumor multitudinario de la calle por sus ventanas,
sino sólo la luz que procede "de lo alto"[9].
Ahora
bien, es en torno a nuestro comportamiento ritual y nostálgico respecto de los
objetos en los que nos reconocemos, ante los fetiches que abarrotan nuestra
casa, y en los que –de algún modo esta depositada nuestra memoria, que
podemos reconstruir el sentido de nuestra– hasta entonces aparentemente
dispersa historia y fijar nuestra identidad. Esta Historia se ha desplegado en
un conjunto de prácticas y estrategias representacionales, las que dan lugar a
una forma de vida, aquella que tiene como principio detentador de
sentido un determinado mito o una historia ancestral a partir de la cual el
conjunto de sucesos –aparentemente dispersos y azarosos– que constituyen
nuestra biografía quedan explicados. Esta clave hermenéutica desde la cual,
los atajos, cabos sueltos, recorridos en zig-zag y demás accidentes de nuestro
ocurrir vital quedan anudados, puede ser un pequeño chiste, una vieja manía
familiar o un azaroso juego numérico, una narración cifrada que sólo cobra
sentido a partir de los hechos que ilumina. Es a esto lo que llamamos mito
fundacional. Sólo a partir de ellos nos volvemos comprensibles.
Poesía,
naturaleza e historicidad.
Los
poetas son fundadores del ser; son, por lo mismo, los depositarios de los mitos
fundacionales de un linaje, de una familia y más tarde de un pueblo, son los únicos
capaces de revelarnos el origen y la esencia en cuya pérdida andamos arrojados
en una existencia que nos vela su manifestación. La poesía es el nombrar
fundacional del ser y de la esencia de todas las cosas, un decir por el cual
sale a lo abierto por primera vez todo aquello con lo cual luego tratamos en el
lenguaje cotidiano. Por eso la poesía nunca toma el lenguaje como una materia
prima preexistente, sino que es la poesía misma la que posibilita el lenguaje[10].
La poesía es fundación del ser por la palabra. La poesía es el lenguaje prístino
de un pueblo histórico. Un pueblo al que el poeta, como sobreviviente de un
paraíso perdido, quisiera regresar, como testigo visionario –hoy forzosamente
marginal– de esa edad dorada de lo humano. El mundo del verdadero arraigo,
donde “la jornada de trabajo en el molino y el lugar de residencia del
campesino reciben el saludo (…) Donde el molino prepara el grano que sirve
para la preparación del pan”[11].
En atención al pan piensa el poeta en ese lugar de trabajo; el lugar del trato
cotidiano con las cosas, donde acontece el cuidado de lo humano.
Es
así como el dominio de la poesía es el de las palabras fundacionales de lo
humano, palabras que preservan una forma de vida. La poesía es, pues,
una ocupación. Su labor, como guardiana del mito, es instalar constantemente al
hombre en su origen, en su pertenencia a la tierra, entendida ésta como la provincia,
en oposición a la vida de la urbe, donde con el advenimiento de la técnica
ha acontecido el oscurecimiento del ser (Ge-stell).
Ese
ver la tierra como el lugar del origen, primer y último reducto de la lucidez,
implica una reverencia religiosa ante el mundo, un temblor, una sensación de
—para decirlo con Rudolf Otto, que ejerció cierta influencia sobre
Heidegger— estar bajo la dependencia absoluta de lo sagrado.
Aquí
pues, la tierra es entendida como aprendizaje. Aprendizaje que tiene lugar en el
trato con las cosas mismas en su cotidianidad y el mundo es comprendido como la
resolución de la “intimidad”. La intimidad se resuelve en el lenguaje, en
el lenguaje sentido a la vez como amenaza y como inocencia. La amenaza a través
de la posibilidad del ocultamiento (pseudos); la inocencia, a su vez,
como la descuidada apertura al natural transcurrir de los días corrientes, en
el uso del mundo del lenguaje, y de las palabras como instrumentos. Ese
particular arraigo y sentido de pertenencia hace del hombre un ser histórico.
“El hombre –como dirá Ortega[12]–
no tiene naturaleza sino que tiene historia”. El hombre es lo que
conserva en sí, lo que acumula. “El hombre tiene la edad de su primer
recuerdo”[13].
El hombre es quien hace que dentro de él, eso que fue, siga siendo en la forma
de haberlo sido[14].
El
habla es pues, un acontecer que funda, que coloca un mundo, que “pone” el
ser del hombre. Este ser, es un ser dialogante, un ser que porta la existencia
como diálogo porque éste es la unidad del ser histórico, que reúne lo que
permanece con lo que se ha ido[15].
Existir en el tiempo es pues sentir nostalgia; una gran nostalgia, no sólo del
pasado sino también del futuro. Es así como el poeta no es el que escribe poesía,
sino el que habita poéticamente el mundo. El morar fundante del poeta consagra
un modo de vida ya ido, pero que el reproduce y recrea constantemente, todo esto
en la esperanza de que algún
día seremos leyenda[16].
Jorge
Teillier el fundador y máximo exponente de la tendencia conocida como poesía
lárica, término que denomina un tipo de escritura que pone énfasis al
recuerdo del "paraíso perdido" de la edad primigenia, en la
tierra ancestral, indagando los orígenes primordiales del ser humano. Su lírica
hace alusión constante al terruño, a la infancia, al hogar y al paisaje
rural como centro de su poética.
TEILLIER, Jorge, “Georg
trakl, el profeta de occidente”, En
El Mercurio, Santiago (11.02.1962), p.12.
HEIDEGGER, Martin, Interpretaciones
de la poesía de Hölderlin,
Traducción de José María Valverde,
Barcelona, Ariel, 1983.
HEIDEGGER, M., De camino al habla,
Ediciones del Serbal, Barcelona, 1990.
HEIDEGGER, Martin, citado por L. McDowell en Genero, Identidad y Lugar, Ediciones Cátedra, Madrid, 2000, pp. 111
y 112.
HEIDEGGER, Martin, Interpretaciones
de la poesía de Hölderlin,
Traducción de José María Valverde,
Barcelona, Ariel, 1983.
HEIDEGGER, Martin, Conferencia “Construir,
Habitar, Pensar”, pronunciada en 1951 y publicada tres años más
tarde.
PARDO, José Luis, Formas de la
Exterioridad, Editorial Pre-Textos, Valencia 1992, p.209.
HEIDEGGER, Martín, Interpretaciones
sobre la Poesía de Hölderlin, Ed. Ariel, S. A., Barcelona, 1983, p.
63.
HÖLDERLIN, Recuerdo, Poema (IV,
61 ss.), aparecido por primera vez en el Almanaque
de las Musas de Seckendorft, el año 1808.
ORTEGA Y GASSET, Historia como sistema,
VI, p. 40, Revista
de Occidente, Madrid, 1958.
BARQUERO, Efraín, En artículo “Los
Poetas de los Lares” escrito por J.Teillier y Compilado por Ed.
Sudamericana como “Jorge Teillier,
Prosa”, Santiago, 2001.
Aquí, ante el peligro de concebir al hombre como un ser constituido
fundamentalmente de pasado - “el
hombre es lo que ha sido”-, cabe aclarar que en el marco de la
concepción existencialista, tanto de Ortega como de Sartre, el hombre
aparece también como proyecto y
porvenir. En este sentido son clarificadoras las afirmaciones de Sartre
en El Ser y la Nada, “Soy el ser por el que el pasado viene al mundo,
pues para que ‘tengamos’ un pasado es preciso que lo mantengamos en la
existencia gracias a nuestro proyecto hacia el futuro” (L’etre et le néat, p. 580), de modo que es el futuro el que decide
si el pasado esta vivo o muerto.
Aquí queda abierta otra reflexión, la de los “no lugares” y su relación
con la absoluta simultaneidad –lo que en otro apartado llamo La
era de la llegada generalizada-. Al respecto cabe decir, de manera
sucinta (dado que el paso de lo real a lo virtual nos sitúa en otro
imaginario), que “en la realidad virtual, la transparencia absoluta
converge con la absoluta simultaneidad. Esta instantaneidad de todas las
cosas en la información global es lo que –con Baudrillard –llama
‘tiempo real’. El tiempo real puede verse como el Crimen
Perfecto (Baudrillard, J. Barcelona 2000) cometido contra el mismo
tiempo: porque con la ubicuidad y la disponibilidad instantánea de la
totalidad de la información, el tiempo alcanza su punto de perfección, que
es también su punto de desaparición.” Y, esto por supuesto, porque un
tiempo perfecto no tiene memoria ni futuro.
BAUDRILLARD,
Jean, La Ilusión Vital, Pág. 57,
Ed. Siglo veintiuno, Madrid, 2002.
TELLIER, Jorge, Entrevista en Noreste
(Periódico de poesía, Santiago, 1989): “Tener nostalgia es tener
patria en el tiempo”.
Prof.
Dr. Adolfo Vásquez Rocca 
Doctor en Filosofía por la P.
UCV., Postgrado Universidad Complutense de
Madrid,
Departamento de Filosofía IV, Estética y Pensamiento Contemporáneo.
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