|
COMPOSICIÓN
Y ESCRITOS TÁCTICOS.
Adolfo Vásquez
Rocca
Apertura.
Este
apartado tiene un plan secreto y diversos niveles de lectura, funciona como una
metáfora acerca de la vida, la inspiración y la belleza.
I
Tal
como lo indica Ortega en El Origen
Deportivo del Estado[1]
todas las instituciones
comienzan como deporte, de modo tal que es posible derivar
del espíritu del juego la mayoría de las Instituciones que ordenan a las
sociedades o las disciplinas que contribuyen a su gloria. El derecho, por
ejemplo, entra sin discusión en esta categoría: el código enuncia la regla
del juego social, la jurisprudencia la extiende a los casos de litigio y el
procedimiento define la sucesión y la regularidad de las jugadas. Nadie podrá,
en tanto quiera participar en el juego, violar las reglas, si lo hace estará
jugando otro juego. Al hacerlo ya no juega el juego sino que contribuye a
destruirlo, pues las reglas, que son constitutivas de tal o cual juego, existen
sólo por el respeto que se les tiene. Por ello negarlas es al mismo tiempo
inventar las normas futuras de otro código, es instaurar un nuevo juego, el
cual aunque vago en sus inicios emancipadores rápidamente se volverá tiránico,
intentando domesticar la audacia y prohibir la fantasía sacrílega. Toda
ruptura que quiebre una prohibición acreditada esbozará ya otro sistema, no
menos estricto y –a la vez– no menos gratuito.
El
juego es gratuito y espontáneo, encuentra placer en su sólo ejercicio, en la
prodigalidad absurda. Constituye un paréntesis que nos sustrae de la compulsión
productiva y socava el Sistema que
entroniza la razón instrumental.
Así
pues, el que juega busca la sola gloria y belleza de una victoria bien habida.
El juego es libertad e invención, fantasía y disciplina al mismo tiempo. Todas
las manifestaciones importantes de la cultura son, como he señalado,
tributarias del espíritu del juego –al respeto a la regla– así como al
desapego que éste engendra y mantiene.
II
Composición
y escritos tácticos.
Volvamos
al símil enunciado al inicio. Como lo ha señalado Wittgenstein, “el ajedrez
no consiste solamente en empujar figuras de madera por un tablero”[2].
El
problema de ajedrez puede considerarse como una obra de arte que ha sido
realizada con elementos del juego y revestida de cualidades estéticas. El
problema del ajedrez puede definirse como una posición de piezas en el tablero,
dispuestas a embellecer una idea, o tema de mate en un número determinado de
jugadas que se anuncia de antemano.
Los
caracteres esenciales de la materia ajedrecística y la fantasía de los
compositores han determinado que, entre otras, las cualidades que debe reunir el
problema en general son la belleza y la elegancia; cualidades que se aplican al
fondo y a la forma. Los elementos que otorgan belleza son: las jugadas
imprevistas y las combinaciones inesperadas –los sacrificios– la agudeza en
la concepción de las ideas generatrices del problema y el ingenio empleado para
desarrollarlas, esto es, la economía para realizar la idea temática con los
elementos estrictamente necesarios, evitando el barroquismo, excluyendo todo lo
superfluo.
Otro
elemento que embellece una idea es su originalidad. Según el enfoque clásico,
tal o cual variante de apertura tenían una determinada clasificación, un leitmotiv
del que nadie se atrevería apartarse. Tarrasch o Capablanca jugaban de cierta
manera una línea de Gambito de Dama,
y así había que jugarla. Una variante tenía determinada reputación y esa
reputación podría modificarse a medida que avanzase la teoría, pero siempre
bajo la premisa de que “en la variante X las blancas tienen que atacar en el
flanco de dama” o “en la variante tal las negras tienen una posición sólida
haciendo esto y lo otro”. Sin embargo, con el enfoque poético aquí
propuesto, que ha tenido entre sus más brillantes exponentes al genio
temperamental de Bobby Fischer, los jugadores más audaces han incorporado a su
mente una enorme versatilidad, lo que les permite luchar en cada apertura prácticamente
sin prejuicios o ideas preconcebidas: están listos para cambiar sus ideas sobre
la variante si se conjugan factores nuevos y extraños. Donde antes se producía
un ataque directo por sistema, ahora pueden cambiarse damas “sólo” para
entrar en un final superior, o quizá aceptar un peón “envenenado” para
mantenerlo en una defensa heroica, basada en colosales conocimientos teóricos.
El
ajedrez no es un mero ejercicio de lógica. Lo que cuenta es el impulso. Un plan
puede ser perfecto y estrellarse una y otra vez contra la voluntad superior del
enemigo, contra su conciencia superior del juego. Todos los grandes campeones
han tenido sus “bestias negras”. Tal perdía con Korchnoi. Bronstein con
Spasski, Spasski con Stein.
¿Cómo
definir el asunto de la “bestia negra”? Si inyectamos al juego nuestra
conciencia volitiva, nuestro impulso, la absoluta certeza de que vamos a ganar,
que no hay defensa posible contra nuestro plan: la estrategia deja entonces el
lugar a la inspiración, a la belleza y sorpresa de una táctica y las piezas se
mueven por el tablero como predestinadas a la victoria, sin que nada pueda
detenerlas.
Este
punto está controlado por el enemigo. No hay problema, no lo está realmente
para mis piezas. No hay puntos débiles en la posición enemiga; sí las hay
para mis bravas huestes. Mi alfil, mi caballo, hasta mi dama, pueden
sacrificarse en la más romántica de las muertes para dar paso al peón
justiciero que dará mate en la séptima
fila.
Nada
hay más saludable que jugar ajedrez sobre bases puramente emocionales.
Obsesionarse con uno de los caballos de tal modo que toda la estrategia se
ordene a protegerlo. En el tablero no cabe ser sino decididamente impulsivo y
original, hasta la más brillante de las victorias o la más romántica de las
derrotas[3].
Sin
embargo, esto quiere decir que la victoria, y todo lo que ella comporta en tanto
consecuencia de un conflicto, no es un imperativo. Más bien, esta actitud
apunta a desplazar la confrontación a un segundo o tercer plano, situando a la
emoción y la sensibilidad en una posición privilegiada y articuladora del
curso del juego; con lo cual las elecciones y decisiones que mueven las piezas
por el tablero se hacen inciertas, permitiendo al juego desplegar dimensiones
insospechadas. Esta capacidad polisémica que puede asumir el ajedrez lo
emparenta con el mítico cine de Raúl Ruiz y la alternativa que éste
representa ante el paradigma narrativo industrial, cuestión que de la que me
ocuparé en el siguiente artículo.
ORTEGA Y GASSETT, José, El origen deportivo del Estado, OC II,
607-624 (1924).
KENNY, Anthony: Wittgenstein; Ed. Alianza,
pág.193, refiriendo a WWK p. 104. (Ludwig Wittgenstein und Wiener Kreis.
Ed.Basil Blackwell, 1967. Notas taquigráficas tomadas por F. Waismann)
En Artículo Paradojas,
autorreflexividad
y huelga de los acontecimientos, Prof.
Dr. Adolfo Vásquez Rocca. En Prensa.
Prof.
Dr. Adolfo Vásquez Rocca 
Doctor en Filosofía por la P.
UCV., Postgrado Universidad Complutense de
Madrid,
Departamento de Filosofía IV, Estética y Pensamiento Contemporáneo.
Te
animamos a que opines sobre este artículo y comentes qué te ha parecido.
Recuerda que lo más gratificante para un autor es recibir críticas y opiniones
de sus lectores. Aporta tu comentario.
|